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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 8

Al entrar a su modesto departamento de una sola habitación, Ana se sintió un poco desorientada.

Es parte de la naturaleza humana; cuando uno se acostumbra a disfrutar de mejores cosas, es inevitable sentir incomodidad al volver a lo que se tenía antes.

Pero Ana tenía una capacidad de adaptación impresionante.

Durante la época en la que apoyó a Julián con su emprendimiento en la universidad, había llegado a dormir hasta en sótanos.

Aunque su hogar anterior era humilde, tenía un padre maravilloso que, con tal de que ella pudiera estudiar tranquila, le había cedido la única habitación que tenían.

Él simplemente había adaptado un catre en el balcón, y ahí había dormido desde que ella entró a la secundaria.

Ana le había rogado que compartieran el cuarto, pero él siempre decía:

—Hija, ya estás grande, toda una señorita. Aunque no me alcance para darte una casa grande y bonita, al menos te puedo dar tu propio espacio. A veces llego muy tarde del trabajo; si me pongo a entrar y salir, no te voy a dejar dormir. Y si no descansas, mi niña va a andar con unas enormes ojeras y sus calificaciones van a bajar. Jamás me perdonaría hacerle eso a mi Ana. Cuando logres entrar a una buena universidad y seas una profesionista, todos mis sacrificios habrán valido la pena.

Y así fue. Incluso cuando Ana logró entrar a la universidad, su padre siguió durmiendo en el balcón.

Cuando regresaba en vacaciones de verano o invierno, siempre le preguntaba por qué no dormía en el cuarto.

Él respondía: «Mija, regreso apestando a sudor del trabajo, ¿cómo crees que voy a ensuciar la cama de mi niña? Además, en el balcón duermo muy a gusto, ya me acostumbré. Nadie va a tocar el cuarto de mi princesa».

En ese entonces, Ana sentía un profundo agradecimiento por tener un padre tan bueno, pero ahora, lo que sentía era culpa.

Por culpa de Julián —o más bien, por culpa de la madre de Julián— ella había ocultado su verdadero potencial y jamás le dijo a su padre que sus calificaciones eran incluso mejores que las de Julián.

El mayor orgullo en la vida de Doña Beatriz era decir que su hijo era el mejor estudiante de la generación; y su padre, ciegamente enamorado de ella, le había hecho creer a Ana que, como tarde o temprano serían familia, daba igual quedar en primer lugar o en el décimo.

Ana ya no pensaba igual; estaba decidida a recuperar lo que por derecho era suyo y a devolverle a su padre la dignidad que merecía.

—Ana, ¿qué te pasó hoy? ¿Cómo se te ocurre hablarle así a Doña Beatriz? Y tú y Julián, ¿se pelearon muy feo?

—Papá, ¿te gustaría que tu hija fuera admitida con una beca de excelencia en una universidad internacional?

Ana interrumpió tajantemente las quejas y la confusión de su padre.

—Papá, ese lugar no tiene el nombre de Julián escrito; el que tenga la capacidad, se lo queda. Además… —las comisuras de sus labios se curvaron sutilmente— Julián no tiene la más mínima intención de entrar a esa escuela.

Mateo estaba estupefacto.

—Ana…

—Papá, ya no me preguntes más. Cuando llegue el momento te darás cuenta a qué escuela quiere entrar Julián. Ah, y por favor, que no se te salga decirle nada a Doña Beatriz; si se entera, se va a burlar de ti en tu cara. Además… —Ana hizo una pausa dramática— esto todavía no es seguro.

Ana no temía en lo absoluto que a su padre se le saliera el secreto. Él en realidad era bastante astuto, y aunque se le escapara, la madre de Julián jamás lo creería porque, ante sus ojos, Ana no servía ni para ser su sirvienta.

Sin embargo, había querido avisarle por dos razones: primero, porque seguramente su padre buscaría a Doña Beatriz a escondidas y ella también lo llamaría; y segundo, porque cuando llegara la carta de admisión en cuarenta y cinco días, no quería que la sorpresa lo abrumara o que se dejara contagiar por los reclamos de Doña Beatriz hacia ella.

Su padre podría estar embobado con Beatriz, pero si de su hija se trataba, él daría la vida por ella.

Ahora solo tocaba sentarse a disfrutar del espectáculo.

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