Rosana tomaba agua a sorbos pequeños, sin apartar la mirada del rostro de Julio, analizando cada matiz de su expresión.
Los ojos de Julio reflejaban una mezcla de emociones difíciles de descifrar, y su voz, áspera y cargada de cansancio, se dejó escuchar:
—A decir verdad, yo también tuve una pesadilla.
—¿Y qué soñaste? —preguntó Rosana, con la curiosidad teñida de una sombra que no logró ocultar.
Román le había contado antes que Julio también tenía recuerdos fragmentados de una vida pasada, aunque solo fueran retazos, imágenes sueltas que a veces lo asaltaban en sueños.
Julio suspiró y compartió, con el tono quebrado:
—Soñé que morías. Vi tu cuerpo… estaba helado, por más que intentaba, no lograba devolverte el calor. Ese sueño se sentía tan real, tan vívido, que apenas desperté, lo único que quise fue venir a verte. No pensé que tú también hubieras tenido una pesadilla.
Rosana agachó la cabeza. ¿Así que Julio también había soñado con la escena de su muerte en el hospital psiquiátrico? La pregunta le dio vueltas en la cabeza.
Quizá, pensó, no pasaría mucho tiempo antes de que los hermanos Lines compartieran el mismo tipo de sueños sobre su vida anterior. No podía explicar por qué, pero sentía que ese destino era inevitable para todos ellos.
Terminó su vaso de agua caliente y, poco a poco, el temblor en su interior fue apaciguándose. La calma regresó, aunque fuera solo en apariencia.
Miró a Julio, clavando sus ojos en él:
—Tú también escuchaste a Román contar ese sueño extraño, ¿verdad?
—Sí… Antes no entendía lo que esos sueños querían decir. Si al menos lo hubiera sabido antes, quizá las cosas entre nosotros no habrían terminado así de mal.
Julio sostuvo la mirada de Rosana, con culpa y un dejo de esperanza en el fondo:
—¿Acaso tú también soñaste que estabas en ese hospital psiquiátrico?
—Sí, en ese sueño sentía un frío que calaba hasta los huesos… Tenía miedo de morir ahí, de quedarme atrapada para siempre. Por eso me asustó tanto.
La mirada de Rosana se llenó de ironía y amargura. Dejó que el silencio se extendiera entre ambos.
Julio no se atrevió a mirarla a los ojos; bajó la cabeza y murmuró, con dificultad:
—Por suerte, solo fue un sueño…
—Ya renací, cambié todo, ¿por qué sigo aquí? —había dicho ella en sueños, con una desesperación que lo estremeció—. Ya cambié mi destino, esta vez no voy a morir en ese hospital.
El tono de Rosana lo había dejado claro: ella realmente había muerto allí, en otra vida, y todo lo que decía no era solo un sueño, sino una experiencia real, algo que había vivido de verdad.
Un peso se alojó en el pecho de Julio, y el aire le empezó a faltar. Si Rosana había pasado por todo eso, ¿cuánto dolor debía haber sentido? Y él, ajeno a lo que ella cargaba, había creído que simplemente se había vuelto insensible. Ahora entendía la verdad: Rosana había soportado mucho más de lo que él imaginaba.
Julio intentó llamarle a Román. Hasta donde sabía, Román era el que más tiempo y recuerdos tenía de esos sueños, el que los vivía de forma más intensa. ¿Acaso Román también habría renacido, como Rosana?
Pero la llamada no entró, el teléfono de Román estaba fuera de servicio. Quizá todavía no llegaba a la isla.
Julio colgó y se llevó la mano al pecho, sintiendo que el dolor lo ahogaba. ¿Cómo habían sido capaces de llevar a Rosana hasta la muerte?
Los ojos se le llenaron de lágrimas, y ni siquiera supo cómo logró regresar a la habitación.
...
Al amanecer, Rosana ya se había cambiado y bajó las escaleras. No había descansado nada en toda la noche; el temor de quedarse dormida y volver a ese hospital psiquiátrico la mantenía en vela, con el corazón en un hilo.

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