La gala anual del "Premio Innovación" se celebraba en el salón principal del Grand Hotel Emperador, el lugar más lujoso de Puerto Santo.
Candelabros de cristal del tamaño de un automóvil colgaban del techo altísimo, arrojando una luz dorada sobre la élite del país. Hombres con esmóquines de miles de dólares y mujeres con vestidos de alta costura y joyas que podrían pagar una hipoteca se movían por el salón, bebiendo champaña y cerrando tratos en susurros.
Magdalena Valenzuela entró del brazo de un visiblemente más seguro Víctor Morales.
No llevaba un vestido ostentoso. Había elegido un vestido de seda de color verde esmeralda, de corte simple pero impecable, que se ceñía a su figura. Su único adorno era un discreto collar de diamantes. Su cabello estaba recogido en un moño elegante, y su maquillaje era sutil, resaltando la determinación en sus ojos.
No parecía la esposa sumisa de Esteban Montero. Parecía una reina reclamando su territorio.
A su paso, algunas cabezas se giraron. La gente susurraba.
—¿Esa no es la ex de Montero?
—Sí, dicen que la dejó por Romina de la Rosa.
—¿Qué hace aquí con Víctor Morales? Pensé que InnovaTech estaba en la quiebra.
Magdalena ignoró los murmullos. Mantuvo la cabeza alta, su mirada fija al frente.
Entonces, las puertas principales se abrieron de nuevo y entró la familia Montero.
Llegaron como si fueran los dueños del evento. Elena, con un vestido despampanante y una expresión de superioridad. Camila, pegada a ella, mirando a todos por encima del hombro. Y en el centro, Esteban, con Romina de la Rosa colgada de su brazo.
Romina lucía un vestido blanco que parecía de novia, inocente y angelical. Sonreía a todos, la encarnación de la perfección.
Los fotógrafos se arremolinaron a su alrededor. Eran la pareja del momento, el centro del universo.
Esteban posaba para las cámaras cuando su mirada se cruzó con la de Magdalena al otro lado del salón.
Su sonrisa se congeló por una fracción de segundo. La vio, y la rabia fue su primera reacción. ¿Qué hacía ella aquí? ¿Intentando darle celos?
Su indiferencia fue el peor de los insultos. Era como si ellos, los todopoderosos Montero, ni siquiera existieran en su radar.
Esteban sintió una punzada de furia tan intensa que tuvo que apretar la mandíbula.
—Vamos —le dijo a Romina, con brusquedad—. Nuestra mesa nos espera.
Se dirigieron a la mesa principal, justo al lado del escenario. La mesa reservada para los ganadores.
Magdalena y Víctor se sentaron en una mesa más modesta, en el centro del salón.
El tablero estaba dispuesto. Las piezas estaban en su lugar.
Y los Montero, en su arrogancia, no tenían ni idea de que estaban a punto de recibir jaque mate.

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