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Renacida para la Venganza: De Esposa Abandonada a Reina Intocable romance Capítulo 59

No querían un espectáculo.

Después de la tormenta mediática que había sido la caída de los Montero, lo último que Magdalena y Camilo deseaban era una boda que atrajera a la prensa.

Querían algo que fuera solo para ellos.

Así que, una semana después, en un día soleado y despejado, se encontraron en el registro civil del ayuntamiento de Puerto Santo.

Magdalena no llevaba un vestido de novia de diseñador. Llevaba un sencillo pero elegante vestido blanco hasta la rodilla. Su único adorno era una pequeña flor blanca en su cabello. Se veía radiante, feliz y en paz.

Camilo, siempre impecable con su traje hecho a medida, no podía dejar de mirarla. La adoración en sus ojos era evidente para todos.

Y "todos" eran solo tres personas.

Hernán Valenzuela, de pie junto a su nieta, lloraba abiertamente de felicidad. Llevaba su mejor traje, y su rostro estaba lleno de un orgullo tan inmenso que parecía que iba a estallar. Le dio la mano a Camilo antes de la ceremonia.

—Te la encargo, muchacho. Es mi tesoro.

—Lo sé, señor. Y la cuidaré como tal —respondió Camilo con una seriedad que disipó cualquier duda que Hernán pudiera haber tenido.

Valeria Soto, la dama de honor no oficial, estaba vibrando de emoción. Llevaba un vestido rosa brillante y no paraba de hacer fotos con su teléfono.

—¡Se ven increíbles! ¡Van a romper el internet! Aunque sea un internet privado solo para nosotros cinco —le susurró a Magdalena, haciéndola reír.

Leo Montes, el padrino, estaba junto a su tío. Se había encargado de que todo fuera perfecto, desde los trámites legales hasta mantener a los periodistas a kilómetros de distancia. Le guiñó un ojo a Camilo.

El amor de su abuelo, que la miraba como si fuera la octava maravilla del mundo. El amor de su amiga, que celebraba su felicidad como si fuera la suya propia.

Y el amor de su marido, el hombre que había visto las cicatrices de su alma y había decidido que eran hermosas.

Mientras se alejaban en el coche, con su pequeña familia siguiéndolos detrás, Magdalena miró su mano, donde ahora descansaba un sencillo pero elegante anillo de platino.

La señora Montero estaba muerta.

La señora Valenzuela había cumplido su venganza.

Y ahora, la señora González estaba a punto de empezar su vida.

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