—¡¿Qué demonios?! —chilló en el momento que la cerveza helada cayó directamente sobre su vestido negro, empapando la tela ajustada que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.
El olor amargo del alcohol barato invadió sus fosa nasales, mezclado con el perfume caro que se había colocado esa noche, Alma levantó la mirada, furiosa. Frente a ella estaba él.
Traje negro impecable de alguna alta casa de costura de Moscú, mandíbula cuadrada y una figura que parecía tallada para intimidar. Sus ojos grises tan fríos la miraron como si fuera un bicho raro e insignificante mientras varios hombres bien trajeados empujaban a otros para permitirle el paso.
Su mirada fue breve antes de continuar, no se disculpó, Alma apretó los dientes y por encima de la música fuerte grito:
—¡IMBÉCIL! —aunque fue entre dientes, pero fuerte. A su lado, Yuri soltó una risa ahogada por la música y rara por el alcohol en su sistema.
—Creo que acabas de insultar a alguien muy muy peligroso, Almita.
—Y yo creo que ese bastado acaba de arruinar mi vestido de ochocientos dólares que ni siquiera es mío —respondió ella, sacudiendo inútilmente la tela mojada.
Yuri resopló, cruzando los brazos.
—Tus prioridades me preocupan a veces —soltó llevando su cerveza a su boca—. Estamos en medio de Velvet Noir, rodeados de oligarcas y quizás uno que otro mafioso, y tú te preocupas por un vestido —expresó con indignación—. Fuera yo una mujer, ya estuviera follando en una esquina, pero ya sabes como es la vida en Rusia para los de mi tipo.
La música electrónica empezó a retumbar con fuerza, ya que Velvet Noir no era un club cualquiera. Era la vida nocturna de Moscú en donde los políticos corruptos, mafiosos y modelos de piernas largas venían a divertirse.
Entrar allí requería más que dinero. Era contactos, Yuri con esa sonrisa fácil y capacidad casi sobrenatural para conseguir mesas VIP, siempre con la misma respuesta para su amiga “Contactos”.
Alma jamás preguntó demasiado. Prefería mantenerse en la ignorancia de cualquier tema que involucrara acciones ilegales.
—Voy al baño antes de que empiece a oler como una cervecería barata —murmuró ella, mirando con disgusto la tela de su vestido.
—Te traeré otro vodka para que te aligeres —dijo Yuri, ya haciendo señas al camarero.
—Y agua. Tengo cirugía a las siete de la mañana.
Yuri abrió la boca, escandalizado.
—Eres oficialmente la mujer más aburrida de todo Moscú. ¿Quién diablo viene a Velvet Noir a tomar agua?
Alma soltó una risa cansada y se alejó entre la multitud, sintiendo la tela húmeda pegada incómodamente a sus piernas.
El cansancio la golpeó de nuevo mientras caminaba. Llevaba tres turnos seguidos en el hospital central de Moscú, accidentes automovilísticos graves, heridas de balas y traumatismo craneales. Como traumatóloga, su vida transcurría bajo las luces blancas fluorescentes, rodeada del olor metálico de la sangre y el pitido constante de los monitores.
A sus veintinueve años, ya había visto más muerte y dolor que la mayoría de gente a lo largo de su vida. Por eso Yuri la había arrastrado a ese club esa noche.
“Necesitas recordar que estás viva antes de que te conviertas en un robot de bata blanca”, le había dicho su mejor amigo. Y quizás tenía razon, por eso acepto ponerse ese vestido negro ajustado, maquillaje y los tacones altos después de semanas vistiendo solo pijamas quirúrgicas.
Alma se colocó frente al espejo en el baño de mujeres y comenzó a secar la tela con toallas de papel, sin tener mucho éxito.
—Perfecto… —murmuró con ironía—. Absolutamente perfecto —el olor a cerveza mezclado con su perfume de Dior le revolvió el estómago—, maldito imbécil de ojos grises…
Entonces el primer disparo estalló dentro del club. Un sonido ensordecedor, Alma se congeló, con el papel aún en sus manos. Luego otro y más seguidos como una ráfaga.
Los gritos empezaron casi al instante mientras la música se cortó de golpe dejando paso al eco del pánico, cristales rompiéndose, mesas cayendo y personas corriendo en estampida.


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