—¡No! —negó aterrada, respirando agitada y con el corazón latiendo rápido—. Te juro que no llamé a nadie. Destruiste mi teléfono —le recordó.
Los ojos grises del desconocido la observaron fijamente, evaluándola con frialdad. Buscando la mentira o cualquier señal de debilidad, pero nada.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Los golpes violentos resonaron de nuevo contra la puerta, haciendo vibrar las bisagras.
—¡Alma! —gritó una voz masculina desesperada desde el pasillo—. ¡Abre la maldita puerta! Dios espero que estés viva —ella reconoció la voz al instante.
El alivio inundó su pecho con tanta fuerza que un sollozo escapó de sus labios. Estaba vivo, Yuri.
—Es Yuri —susurró apresuradamente—. Mi mejor amigo. No es un peligro.
El hombre no bajó su arma, ni un centímetro. Su cañón seguía firme, apuntando esta vez hacia la puerta. —Abre —ordenó con calma aterradora—. Y si haces algo estúpido, te vuelo la cabeza antes de que él pueda siquiera parpadear.
Alma tragó saliva, sintiendo la boca seca de pronto. Caminó hacia la puerta con las piernas inestables.
Giró el seguro con dedos temblorosos.
Apenas entreabrió la puerta, Yuri irrumpió en el apartamento como un huracán, completamente descompuesto. Su cabello rojizo estaba revuelto, la camisa arrugada y manchada de lo que parecía ser sangre ajena.
—¡Dios mío, Alma! —la abrazó rápidamente—. Pensé que estabas muerta —soltó jadeando, luego cerró la puerta—. Llevo horas buscándote. El club se volvió una masacre. Había sangre por todos lados, gente corriendo, disparos… y tú desapareciste ¡No respondías las llamad… —se dio cuenta del hombre sentado en el sofá.
Yuri se quedó completamente inmóvil, como si hubiera visto un fantasma. La pistola del sujeto apuntaba hacia ellos… o más bien a él. El color desapareció de su rostro.
—Nadie tiene que disparar aquí —levantó las manos en un gesto de rendición—. Solo vine por mi amiga.
Los ojos del hombre lo recorrieron de arriba abajo con precisión como si intentara descifrar si es una amenaza o presa fácil.
—¿Tienes armas?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! Soy un publicista, por el amor de Dios.
El hombre de ojos grises se puso de pie y avanzó hacia ellos. Luego cacheó de forma rápida y ruda a Yuri, presionando en busca de alguna arma, pero al no encontrar nada lo empujó hacia el medio de la sala bruscamente.
—¡Basta! —protestó Alma por el maltrato hacia su mejor amigo—. Ya te dije que no representa ninguna amenaza —añadió enojada por primera vez desde que se habían cruzado en camino.
—Es un maricon —espetó con desagrado—. Y sigue vivo porque me sale de las bolas, doctora —respondió sin apartar la mirada de Yuri.
El silencio se volvió sofocante, denso como niebla tóxica, Yuri observaba ahora al desconocido con mayor atención: los tatuajes visibles en su cuello, manos y torso, la pistola negra mate, pero su mirada se enfocó en la rosa negra de su muñeca.
—No puede ser… —murmuró Yuri, casi sin voz. Los ojos grises del desconocido se estrecharon, no confiaban en el pelirrojo.
—¿Qué dijiste? —interrogó dando un paso al frente, pero Alma se colocó frente a Yuri.
—Romanov —se quedó en silencio el apartamento, Alma frunció el ceño mientras su mente trataba de buscar en donde había escuchado ese apellido antes.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Ese hombre es uno de los hombres de Romanov.
El desconocido soltó una risa seca sin una gota de humor. El sonido reverberó en las cuatros paredes como una amenaza silenciosa.
—Veo que mi reputación me precede —dijo cruzándose de brazos sin dejar de mirar al pelirrojo, ya que por una extraña razón su cabello lo hacía acordarse de un viejo amigo.
Alma sintió que el estómago se le hundía hasta los pies. Había escuchado ese apellido demasiadas veces y recordó en donde: los pasillos del hospital y los noticieros.
La familia Romanov era la Bratva más poderosa y sanguinaria de Moscú. Los encargados de desaparecer: empresarios, políticos y reporteros que hablaban en contra de ellos. Ellos tenían el control de casi todo, puestos, casinos y rutas de contrabando a nivel mundial.
Yuri retrocedió un paso. —Alma… ¿Qué demonios hiciste?
Ella no supo qué responder, ya que honestamente, ni ella sabía lo que hizo, Romanov solo caminó hacia el sofá y tomó su camisa ensangrentada. Ese movimiento lo hizo hacer una mueca.

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