—¿A dónde vamos? —preguntó Alma en voz baja y apenas audible por encima del ronroneo del motor.
El hombre sostuvo su mirada a través del retrovisor durante un largo segundo. Sus ojos grises eran como dos cuchillas mientras la sangre seguía escapando entre sus dedos. Cada respiración suya era más superficial que la anterior.
—A cualquier sitio donde no haya policías —respondió con voz grave y áspera—. Y si intentas algo… te juro que serás una persona más en mi curriculum.
Un nudo frío se instaló en su garganta que le dificultaba la respiración. Apartó la mirada rápidamente hacia la carretera mojada mientras las luces de Moscú pasaban veloces frente al parabrisas justo en el momento que empezó a llover.
Las sirenas seguían aullando a la distancia.
Alma tenía la respiración acelerada, pero la mente de la cirujana empezó a imponerse sobre sus emociones. Miraba discretamente al desconocido por el retrovisor cada pocos segundos.
Palidez progresiva, respiración superficial y profunda, sudor frío. Era un signo clave de que la presión arterial iba decayendo, por lo que la hemorragia debía ser muy grave. Posiblemente perforación intestinal o vascular. Si no actuaba pronto, entraría en shock.
Solo era cuestión de dar unas cuantas vueltas por la ciudad hasta que muera desangrado en la parte trasera de su coche, pero aún así, él sostenía su pistola con una firmeza aterradora, como si el arma fuera una extensión natural de su cuerpo.
Un animal herido, sí. Pero todavía es letal.
—Gira aquí —ordenó de pronto, señalando una calle lateral, Alma obedeció de inmediato, sin protestar. No quería morir, no esta noche.
El silencio dentro del BMW se volvió sofocante. Solo se escuchaba el sonido del limpiaparabrisas, sirenas muy lejos y la respiración irregular del hombre.—¿Vives sola? —preguntó él de repente.
Ella dudó apenas un segundo, lo suficiente para que el cañón de la pistola golpeara con fuerza el respaldo de su asiento.
A ella se le dio un vuelco el corazón y se apresuró a responder:
—Sí.
—Perfecto. Conduce a tu casa. Ahora.
Nada más. Ni su nombre o explicación de porque a ella. En ese momento solo era un medio para un fin. Un recurso temporal para mantenerse con vida.
(…)
Minutos después, Alma estacionó frente a edificios residenciales en uno de los barrios más tranquilos y altos de Moscú. El edificio era moderno, elegante y con grandes ventanales de seguridad discreta.
—Baja —ordenó él.
Alma salió del coche con las piernas débiles, como si fuera gelatina. El hombre descendió detrás, sujetándose el costado con la mano mientras con la otra mantenía el arma oculta contra su cuerpo. Cada movimiento estaba controlado pese al evidente dolor que lo estaba consumiendo.
Él estaba detrás de ella mostrándose imponente con su altura.
Entraron al edificio y para mala suerte de Alma el vestíbulo estaba vacío. Caminaron hasta el ascensor y subieron lentamente hasta el piso dieciocho. Gotas de sangre caían sobre el suelo metálico con un sonido suave y rítmico.
Cuando las puertas se abrieron, caminó rápido hasta su apartamento y abrió con manos temblorosas. El hombre entró detrás para luego cerrar la puerta con un clic pesado.
Ahora estaban completamente solos, Alma con un desconocido que miró su apartamento con atención militar. Grandes ventanales, muebles minimalistas en tonos grises y blancos, orden absoluto. Sus ojos grises analizando cada centímetro buscando cámaras y amenazas visibles.
Hasta que se tambaleó lo suficiente para que Alma lo notara. El instinto profesional se activo otra vez. Aquel hombre estaba empeorando rápidamente, ella lo sabía.
La sangre ya empapaba completamente su camisa y comenzaba a gotear en su piso de mármol, Alma no entendía como podía mantenerse de pie.
—Si no cierras esa herida, te vas a desangrar en menos de veinte minutos —dijo ella finalmente, con voz firme.
El hombre levantó su mirada hacia ella. Frío, desafiante y peligroso.
—Dame tu teléfono —ordenó, Alma no pensaba discutir. Lo vio marcar varios números con rapidez, pero nadie respondió. La tensión en su mandíbula aumentó con cada intento fallido—¡¿Pero qué cojones pasa?! —maldijo gutural y lanzó el móvil contra el suelo.
—¡Oye! —protestó Alma dando un paso al frente. La pistola se levantó inmediatamente, apuntándole a la cabeza con un mensaje claro: ni un movimiento más. Alma respiró hondo, intentando contener el miedo que le subía por la garganta—. Necesitas atención médica urgente —insistió.
Él soltó una risa baja, oscura y sin humor.
—¿Y tú sabes de eso, doctora? —interrogó con burla—. Seguro has de ser una puta del club.
La mirada de Alma se endureció antes de señalar la pared detrás de él. Varios títulos y diplomas colgaban perfectamente en su muro.
Universidad de Moscú.
Especialista en trauma y cirugía de emergencia.
Cirugía reconstructiva avanzada.
Los ojos grises recorrieron lentamente los marcos.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Salvé al mafioso y ahora soy su obsesión