Había perdido la cuenta de los días que llevábamos viajando en este vertedero llamado barco. El aire siempre estaba impregnado de sal, humedad y óxido, mezclado con el hedor rancio de cuerpos sin lavar.
Por fortuna, nuestros secuestradores nos alimentaban.
Mi pequeña y yo no éramos las únicas en este sitio. Otras hembras permanecían encadenadas en nuestro “lujoso camarote”: un cubículo oscuro, con paredes húmedas, sin más luz que la que se filtraba por una rendija en lo alto. El suelo estaba cubierto de astillas y manchas secas que no quería identificar.
No estaba segura de qué era exactamente lo que querían de nosotras.
Quizá tendría una pista si al menos algún miembro de la tripulación se insinuara al venir a dejarnos la comida o a “permitirnos” el uso del cubo que nos dejaban dos veces al día para nuestras necesidades.
Pero no. No miraban nuestros cuerpos desnudos de otra forma que no fuera indiferente.
Tampoco nos dirigían la palabra. Solo nos alimentaban y, de vez en cuando, nos dejaban un poco de agua de mar para lavar nuestros cuerpos, lo que no hacía más que resecar la piel y dejar un rastro pegajoso de sal.
En el puerto tampoco nos habían dicho gran cosa.
El tipo que nos secuestró —aquel con el pecho quemado, mutilado, tatuado… un mosaico grotesco de cicatrices y tinta— simplemente nos entregó como mercancía tras horas de camino. Se marchó sin mirar atrás.
Allí nos lavaron y evaluaron bajo mi atenta mirada. Puede que sacara mis garras un par de veces para dejar claro que no se acercarían a mi hija, pero fuera de eso nos dejaron relativamente en paz.
Hasta que, un día antes de que nos subieran a este barco, conocí a una humana… peculiar.
Olía tenuemente salvaje y distinta, como tierra húmeda tras la lluvia, mezclada con un rastro metálico. Supuse que tendría algunas gotas de nuestra sangre.
—Ah, eres una de las nuevas. Dicen que has dado un par de problemas —dijo con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Mi nombre es Sara y, quizá, nos veamos con frecuencia cuando estés del otro lado. Ahora necesito examinar tus garras… sí, eso es. Me acercaré, así que espero que no las uses contra mí, a menos que quieras que te disparen un par de tranquilizantes.
Señaló algunas esquinas donde claramente había cámaras brillando como ojos rojos en la penumbra.
Yo solo entorné los ojos.
Ella se acercó sin miedo, y por un instante la admiré por eso. Cuando estuvo lo bastante cerca para rozar mis garras, inclinó casualmente la cabeza.
—Sé que me puedes oír —susurró con voz casi inaudible, como el roce de hojas secas—. No puedo darte falsas esperanzas, pero ten por seguro que intentaremos sacarte de ahí tan pronto como sea posible.
Tras esas palabras, se dio la vuelta y salió de la habitación.



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