Ante mí se alzaba una construcción enorme, de piedra desgastada, medio en ruinas pero aún lo bastante sólida como para sostener a los lobos que merodeaban en sus diferentes formas. Algunos nos miraban con curiosidad, otros con hambre.
Al final de un corredor, me hicieron entrar en un cuarto.
El lobo detrás de la mesa de madera no levantó la vista al principio. Solo cuando el que me llevaba se aclaró la garganta, me miró con esos ojos vacíos, tan fríos como una fosa común.
—¿Qué? —soltó, con desdén.
—Uh… Ya la traje.
—Eso lo veo. ¿Algo más?
El otro titubeó.
El tipo suspiró, cansado, y lo despidió con un gesto. Cuando quedamos a solas, se puso de pie y se dirigió hacia la puerta, abriendo apenas lo suficiente para mirarme por encima del hombro.
—Sígueme, osa. Y no causes problemas… porque de eso depende que tu cachorra siga teniendo madre que la alimente.
Apreté los dientes y lo seguí en silencio, cada paso resonando como una condena.
Atravesamos pasillos interminables. Me pregunté por qué no sujetaba él mismo la cadena… hasta que llegamos al destino y lo entendí.
Una hembra nos esperaba, con mi hija en brazos.
¿Un recordatorio para mi buena conducta?
Jodidos imbéciles.
—La llevaré a las gradas, Alfa Markos —dijo la hembra con voz sumisa.
—Bien —respondió él, antes de girarse hacia mí. Su mirada me atravesó como cuchillas.
—Escucha, y grábate esto: Regla número uno: Me importa una m****a si sigues respirando, pero mientras lo hagas, servirás de examen para nuestros lobos. Matarás a todo aquel al que te enfrenten aquí. Regla número dos: No me gusta repetirme. Aprende rápido o muere más rápido. Yo te enseñaré los puntos débiles de nuestros gloriosos guerreros, y tendrás que usarlos para ganar. Regla número tres. Lo único que obtendrás si sobrevives es una noche más de vida… y la oportunidad de seguir protegiendo a tu hija. Regla número cuatro: No me interesa lo que quieras o necesites, así que ahórrate palabras. Regla número cinco: Eres solo un espectáculo, nada más. Si olvidas cualquiera de las reglas anteriores, yo mismo te abriré en canal… y tu cachorra será entregada como recompensa a los guerreros.
Clavó sus ojos en los míos, esperando mi respuesta.
—¿Has comprendido?
Mi mandíbula se tensó.
—No soy su entretenimiento.
Una sonrisa lenta, casi imperceptible, se formó en sus labios.
—Eres lo que yo quiera que seas, osa. Y entre más rápido aceptes tu nueva realidad, tendrás mejores oportunidades para seguir viviendo.
Me di cuenta entonces de que no hablaba como uno de ellos. No era un simple seguidor, ni tampoco un esclavo como yo. Había algo distinto en su voz, en su mirada… algo que no terminaba de descifrar.
Me quedé en silencio.
No porque aceptara sus reglas, sino porque mi hija seguía en brazos de aquella hembra.



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