Un semana. Ese era el tiempo que había pasado en esta prisión.
Tuvieron que encadenarme junto a mi hija para poder llevarse el montón de cadáveres dentro de mi celda.
Por lo que vi, no lo hacían por cariño a sus muertos, sino por simple practicidad: el hedor comenzaba a impregnar el aire de ese lugar ya de por sí asqueroso.
La sangre manchaba las piedras y aún goteaba de mis garras. No me arrepentía.
Después de que intentaron controlarme y destrocé uno tras otro con facilidad, dejaron de enviarme carne fresca. Ahora solo me lanzaban miradas llenas de odio y me amenazaban con dejar a mi cachorra sin comida si seguía resistiéndome.
El miedo no era mío, sino suyo. Yo no les temía. Solo me preocupaba que ella, mi pequeña, siguiera respirando.
Hoy me lanzaron agua porque para ellos era importante que estuviera hidratada, más no limpia.
El agua helada aún corría por mi piel, mezclándose con las manchas oscuras que no terminaban de borrarse. El aire estaba impregnado de humedad, hierro y podredumbre.
Un chirrido metálico anunció la apertura de la reja. El sonido hizo que mi cachorra se estremeciera contra mi pecho. La acuné con una mano y levanté la barbilla, mostrando los colmillos a quien entrara.
De entre las sombras surgió un lobo diferente. No se movía como los demás: tenía la espalda erguida, el porte de un Alfa… pero deformado, como si su cuerpo cargara demasiado poder y lo desgarrara desde dentro. Sus ojos brillaban como brasas en la penumbra, fijos en mí con un interés que me irritó de inmediato.
El silencio pesó hasta que habló:
—Siempre las madres son más feroces. Los soldados tienen un buen reto aquí.
Lo reconocí por la voz. Era la misma que se había reído cuando rodó la cabeza de aquel imbécil que quiso tocarme.
—Lárgate... O ven y comprueba qué tan feroz puedo ser —gruñí, apretando a mi hija contra mi pecho.
Él ladeó la cabeza, como si estudiara cada movimiento mío. No había asco ni lujuria en su mirada, solo una calma peligrosa.
—Vienes del clan de los osos, ¿no? —preguntó, aunque sonaba más a certeza que a duda—. Eso explica por qué aún respiras.
No respondí. No le debía palabras a nadie.
Se acercó un paso más, y el suelo tembló bajo su peso. La cadena que me sujetaba tintineó, recordándome mi prisión. Mi instinto rugía por arrancarle la garganta, pero algo en su forma de observarme me hizo contenerme.
—No todas sobreviven la primera semana aquí. Tú lo has hecho —continuó con voz grave—. Eso significa que te mostrarán al público.
Guardé silencio unos segundos. Quería ignorarlo, mostrarle que no me importaba, pero las palabras quedaron rebotando en mi cabeza como cuchillas. Al final, no pude evitar soltar un gruñido bajo:
—¿A qué m****a te refieres con “mostrarme al público”?
El lobo sonrió con una calma que me crispó la piel. No respondió desde la distancia. En cambio, dio un paso hacia adelante. Luego otro. Y sin pedir permiso —como si la celda también fuera suya— cruzó la reja y entró conmigo.
El aire se tensó de inmediato. El olor de su piel era más fuerte de cerca, mezclado con una energía salvaje que no pertenecía a ningún lobo común. Mis garras se extendieron instintivamente, listas para desgarrar, aunque mis cadenas tintineaban recordándome mis límites.
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