Valeria miró a Santiago y sus palabras la hirieron tanto que sonrió con amargura brotando lágrimas.
—Santiago, tu hijo tiene su propia mamá. Su mamá se llama Mariana, no Valeria. Y ya que piensas que estoy mal emocionalmente y no soy una madre competente, está bien, ¡lo acepto! Soy yo, Valeria, quien no merece ser la madre de Nicolás. Así que ahora, por favor, toma a tu hijo y lárguense de inmediato de mi estudio.
Valeria lo dijo todo de un tirón y sintió que la cabeza le daba vueltas. Su delgado cuerpo se tambaleó.
Rafael se apresuró a sostenerla, inclinándose hacia su oído para preguntarle en voz baja:
—¿Estás bien?
Valeria respiró profundo. Su visión borrosa se aclaró un poco y contestó:
—Estoy bien.
Santiago observó esta interacción entre los dos. Su mandíbula se tensó y sus ojos se tornaron sombríos.
Mientras tanto, Nicolás miraba fijamente a Valeria. Tenía la boca abierta pero había olvidado llorar.
¿Qué había dicho mamá?
¿En serio... ya no lo quería?
Una fuerte sensación de pánico invadió de repente el corazón de Nicolás. Apretó cada vez más fuerte sus brazos alrededor del cuello de Santiago.
—Papá, mamá está hablando enojada, ¿verdad? Ella es mi mamá, no me va a abandonar, ¿verdad?
Sollozaba, ya sin hacer ningún tipo de berrinche, con una expresión tan lastimera que parecía inocente.
El corazón de Santiago se ablandó por completo. Le acarició con ternura la cabeza.
—Tu mamá solo está de mal humor ahora. Tenemos que darle tiempo.
—Pero... —Nicolás sorbió la nariz, con voz llorosa—. Antes mamá nunca me regañaba aunque estuviera de mal humor... Siento que ya no me quiere porque tiene un novio nuevo.
Mientras hablaba, Nicolás fulminó con la mirada a Rafael.
Rafael suspiró. ¡Qué dramático para ser tan pequeño!
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Señor Rodríguez, la señora declara que ya no dará marcha atrás