Daisy no estaba pendiente, así que no tenía idea de qué expresión tenía él en el rostro.
Pero sí podía sentir claramente su mirada fija sobre ella, cargada con un filo punzante.
Vanesa, por su parte, parecía no haberse dado cuenta de que Daisy había cambiado la expresión. Siguió hablando como si nada.
—Antes pensé que ella y Yeray estaban saliendo, la verdad. Es que en ese tiempo andaban muy juntos.
—Señorita Espinosa, vaya que tiene imaginación —le soltó Daisy, con un tono algo cortante.
Vanesa se apresuró a justificarse.
—No lo digo por mala onda, solo me daba curiosidad. Yo siempre he pensado que no existe la amistad entre hombre y mujer, por eso me hice ideas. Si te molesta, Daisy, te pido disculpas.
Vanesa eligió muy bien las palabras.
En un par de frases, dejaba caer la indirecta de que Daisy era como una coqueta que en apenas dos meses había jugado con dos chicos distintos.
Aun así, Daisy no se inmutó. Sin acelerarse ni alzar la voz, le respondió:
—Dicen que la perspectiva de cada persona depende de cómo entiende el mundo.
La cara de Vanesa cambió en un instante. Sin darse cuenta, apretó más fuerte el brazo de Oliver.
Solo Luis se quedó con cara de no entender nada.
—¿Cómo? ¿Qué quiso decir? No le agarré el sentido.
Yeray le dio un golpecito en la cabeza.
—Ya déjalo, no preguntes.
Pero en su rostro se asomaba una sonrisa discreta.
Se notaba que sí había captado la indirecta de Daisy.
En el fondo, la gente ve suciedad donde trae suciedad en el corazón.
—¿No que ya tenían hambre? ¿Para qué siguen platicando? El que tiene problemas de estómago debería preocuparse más por comer que por hablar —intervino Oliver justo a tiempo, siempre atento, desviando la conversación con elegancia.
Le tendió a Vanesa una salida digna, cuidándola como todo un caballero.
Vanesa recuperó la sonrisa.
—Sí, ya me muero de hambre, mejor entremos de una vez.
Ambos se adelantaron. Yeray y Daisy intercambiaron una mirada y entraron también.
Luis bufó y se les pegó rápido.
La entrada quedó vacía de golpe.
Daisy frunció el ceño y se llevó la mano al vientre.
Cuando trabajaba en Grupo Prestige, ya le tocaba organizar este tipo de comidas, así que tenía mucha experiencia.
El ambiente en el salón privado estaba de lo más animado, lleno de risas y bromas. Incluso los que pasaban por ahí podían escuchar la alegría.
En el salón de al lado estaban Oliver y los demás.
Luis no paraba de quejarse.
—Por un proyectito de apenas unos cuantos millones hacen tanto alboroto, cualquiera pensaría que cerraron un trato de miles de millones, ¡ya ni ganas de comer me dan!
—Bájale dos rayitas —le soltó Yeray, dándole una patada por debajo de la mesa.
A Oliver no le afectaba nada eso. Seguía tomando, tranquilo, y daba la impresión de que la terapia de desensibilización le había ayudado; ya podía sobrellevar esas reuniones sin problema.
La comida de Daisy y su grupo se alargó bastante.
Al terminar, se encargó de organizar todo para asegurarse de que todos llegaran sanos y salvos a casa.
No tomó nada de alcohol en toda la velada, para poder coordinar la salida. Además, Andrés López sabía que tenía problemas de estómago, así que evitó que alguien le ofreciera tragos. Él mismo terminó tomando por ella varias veces, tanto que ya andaba mareado desde temprano.
Cuando al fin despidió al último del grupo, Daisy soltó un suspiro largo.
Estaba a punto de pedir un carro para regresar a su depa cuando, sin saber desde cuándo, Oliver apareció detrás de ella.
No había nadie más. Solo él.

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