—Sé que no soy bueno para tomar, pero aun así quería ayudarte... pensaba que si tomaba una copa por ti, entonces tú tendrías que tomar una menos...
Esas palabras desvanecieron la distancia que sentía Santiago del Solano.
Daisy ya no dijo nada más.
Andrés López guardó silencio un buen rato antes de preguntar con sumo cuidado:
—¿Estás bien?
Daisy se quedó confundida.
¿Acaso parecía que no lo estaba?
Andrés López tartamudeó un poco al decir:
—Hace rato, cuando pasamos en el carro, vi al presidente Aguilar. Frente a ti, cerró la ventana.
Daisy hizo una mueca, como si ni recordara ese asunto hasta que él lo mencionó.
—A decir verdad, ya no siento nada por eso.
No lo dijo para convencerlo, era la pura verdad, creyera o no Andrés López.
—Al final, nadie puede acompañar a alguien por siempre, ni hay quien no pueda vivir sin otra persona.
—Sin alguien, el mundo sigue su curso...
...
Al día siguiente, muy temprano, alguien tocó la puerta de la habitación de Vanesa.
Ella pensó que era Oliver, así que fue toda emocionada a abrir, pero se sorprendió al ver a Luis afuera.
—¿Te sorprende? ¿No lo esperabas? —Luis sonreía, y sostenía una maleta, como si acabara de llegar a Santiago del Solano.
—¿Qué haces aquí? —Vanesa en verdad no se lo esperaba.
—¡Obvio que vine para aprender de la diosa! —Luis asomó la cabeza, curioso, buscando detrás de ella—. ¿Oli? ¿Todavía duerme?
—Ajá.
—¡Uy! Creo que llegué en mal momento —Luis se dio un golpe en la frente, fingiendo que apenas caía en cuenta—. Mejor los espero en el restaurante. Tómense su tiempo, no se preocupen por mí.
Dicho esto, se fue directo al restaurante.
Desde el fondo, menospreciaba a mujeres como Daisy.
Pensaba que ella solo había llegado a ser la secretaria principal de Grupo Prestige por su físico, por contactos o por andar con alguien influyente.
Incluso creía que Daisy soñaba con volverse “alguien” y cambiar de clase social.
¡Vaya ilusa!
Por suerte, Oli no cayó en las redes de Daisy, la típica chica con doble cara, y recapacitó a tiempo.
—Diosa, ¡ayúdame! Si sigo así, mi papá me va a quitar la mesada —suplicó Luis, sin una pizca de vergüenza.
El año pasado, su papá le había dado quinientos millones de pesos para invertir.
Pero nada, en menos de un año ya lo había perdido todo.
El coraje fue tanto que su papá acabó una semana en el hospital, y le advirtió que si no lograba algo pronto, le cancelaría la tarjeta y lo mandaría al extranjero a ver cómo se las arreglaba solo.
Vanesa no pudo evitar reírse al ver la cara de sufrimiento de Luis, y asintió:
—Va, justo hoy tienes la oportunidad de aprender de algo grande. Ponte listo, que sí te va a servir.

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