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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 161

Es Cristian Domínguez, de Inversiones Solaria.

Vaya, sí que reacciona rápido. No es de extrañar que haya logrado llevar su empresa tan lejos.

Daisy contestó la llamada y, como siempre, intercambió unas palabras de cortesía con él.

Por teléfono, Cristian le dijo que estaba interesado en invertir en su proyecto y le preguntó cuándo regresaría a San Martín, pues quería reunirse con ella lo antes posible.

Incluso insistió en saber el horario exacto de su vuelo de regreso, con el descaro de quien planea ir a buscarla directo al aeropuerto.

En momentos así, Daisy jamás da una respuesta concreta.

Solo dijo que su fecha de regreso aún no estaba definida y que, cuando estuviera de vuelta en San Martín, lo contactaría.

Antes de colgar, Cristian le recalcó varias veces que, apenas regresara, lo buscara de inmediato.

Él la estaría esperando.

Daisy apenas había terminado esa llamada, cuando sonó de nuevo su celular: ahora era el presidente Jiménez, de Grupo Mercantil Andino.

La verdad, hay que aceptar que los grandes empresarios tienen ese olfato especial para los negocios.

Daisy repitió la misma historia de siempre.

Cuando antes ella fue a buscar su apoyo, todos la ignoraron, se pusieron sus moños y hasta la hicieron pasar vergüenza en reuniones, poniéndole trabas cada vez que podían.

Ahora, uno tras otro, le llamaban y hasta parecían haber olvidado todo lo anterior.

Daisy, por supuesto, no mencionó nada de esos malos ratos.

Solo se limitó a las frases de rigor, cortesía por aquí, evasivas por allá. Puro juego de palabras, como quien esquiva sin perder la sonrisa.

Al final de cuentas, así es el mundo de los negocios.

Todos van tras el propio beneficio.

No solo fue el presidente Jiménez. También Ferrer, presidente de Innovación GlobalCon, y varios de aquellos inversionistas que antes la rechazaron e incluso algunos que la humillaron en aquellas famosas cenas, ahora la llamaban para pedirle una oportunidad de asociarse.

Todos, muy amables.

Pero ahora era Daisy quien tenía la sartén por el mango. ¿Cuándo empezar? ¿Con quién sentarse a platicar primero?

Eso lo decidía ella.

El problema fue que las llamadas eran tantas que mejor apagó el celular.

Por fin, un poco de paz.

Yeray soltó una carcajada.

—Directora Ayala, ¿ahora para verte tendré que agendar cita con meses de anticipación o qué?

Andrés López no pudo evitar sentirse un poco incómodo. Todo su plan para confesar sus sentimientos se vino abajo al ver que habría un invitado extra.

Ahora no tenía idea de cómo manejar la situación.

Y para acabarla de amolar, ya tenía encargados flores y pastel. Si llegaban los tres juntos y el restaurante les llevaba los regalos románticos, ¡qué momento tan incómodo!

De todos modos, ya no podía cancelar nada. Decidió esperar hasta llegar al restaurante y buscar el momento para arreglarlo.

Los tres pidieron un carro y se dirigieron juntos al restaurante.

A mitad del camino, Luis llamó a Yeray.

—Ya que andas por Santiago del Solano, ¿por qué no te vienes a cenar con nosotros? Vanesa y Oliver también están aquí, podríamos ponernos al día.

Yeray le respondió:

—Tengo otro compromiso, ustedes disfruten.

Luis quiso preguntarle qué era tan importante como para rechazar una cena con sus viejos amigos, pero antes de que pudiera decir algo, Yeray ya le había colgado.

Ni oportunidad de insistir le dio.

Por su parte, Vanesa y los demás acababan de llegar al restaurante. Cuando vieron a Luis terminar la llamada, Vanesa le preguntó:

—¿A qué hora llega Yeray?

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