Daisy sentía el olor fuerte a alcohol que traía Oliver encima, seguro acababa de salir de alguna borrachera.
De inmediato intentó dejarlo afuera, bloqueando el paso para que no entrara.
Pero Oliver fue más rápido: la apartó de un empujón y se metió directo al departamento.
El lugar no era grande, apenas un cuartito con sala-comedor, cocina y baño.
Era tan pequeño que Oliver, en menos de un minuto, ya había revisado cada rincón.
Daisy no lo detuvo; en cambio, sacó el celular y empezó a escribir un mensaje.
Cuando él terminó de inspeccionar, al no encontrar a nadie más, volvió con Daisy.
Ella seguía enviando el mensaje, sin notar que él se acercaba como un huracán.
Para cuando alcanzó a darse cuenta, ya lo tenía encima.
Sintió el peligro y, por instinto, retrocedió.
Pero detrás de ella estaba la puerta. No tenía a dónde huir.
Oliver la acorraló, presionándola contra la puerta con su cuerpo.
La fuerza de un hombre decidido no era algo que Daisy pudiera resistir.
La sujetó fácilmente, apretándole la quijada y bajando el rostro para apropiarse de sus labios con un beso salvaje.
Ese aliento, cargado de alcohol, tan conocido y tan ajeno, la golpeó con tanta fuerza que los ojos se le humedecieron.
Sin pensarlo, Daisy alzó la mano para abofetearlo.
Pero él se adelantó, atrapándole la muñeca y levantándosela por encima de la cabeza.
El movimiento arqueó involuntariamente su cuerpo, dándole a Oliver toda la ventaja. Sin restricción alguna, profundizó el beso con más agresividad.
Ella sentía el cuerpo y las extremidades rendidos, sin poder hacer nada más que abrir la boca para morderlo.
No lo dudó ni un segundo.
Pero esa reacción, lejos de frenar la locura de Oliver, solo lo encendió más.
Él giró la cabeza y, sin mediar palabra, le mordió el hombro con fuerza.
El dolor fue real.
Daisy forcejeó, haciendo todo lo posible por zafarse.
—¡Oliver, ¿qué te pasa?! —gritó, entre el miedo y la furia—. ¡Suéltame!
Oliver no contestó. Lo envolvía una furia tan densa que casi se podía tocar.
La mano que antes le apretaba la cintura se aferró a la tela de su pijama y, con un tirón brusco, la desgarró.
El sonido de la tela rasgándose terminó de romperle el alma a Daisy.
Con toda la fuerza que le quedaba, le propinó una cachetada.

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