Luis jamás se imaginó que llegaría a vivir algo así.
Si lo hubiera sabido, seguro se habría controlado un poco más.
Así, al menos, no estaría pasando tanta vergüenza que sentía que podía cavar un hoyo con los dedos de los pies y desaparecer bajo tierra.
—¡Saluda! —Matías ya estaba al borde de un ataque.
Luis, a duras penas, logró sacar dos palabras—. Presidenta Ayala.
Daisy asintió con indiferencia, sin mostrar emoción alguna en el rostro, ni siquiera se dignó a mirar a Luis.
Cualquier persona con dos dedos de frente podía notar la situación.
Ese asentimiento era solo por cortesía con Matías.
Pero a Luis, ni lo pelaba.
Matías también se dio cuenta, pero prefirió hacerse el desentendido y siguió hablando.
—Tienen casi la misma edad, deberían platicar más seguido. Nosotros ya estamos viejos, el futuro de San Martín depende de ustedes, los jóvenes.
—Sobre todo, con jóvenes tan capaces como la presidenta Ayala. Pronto será pilar del mundo empresarial en San Martín. Espero que pueda guiar a mi hijo, que también está muy interesado en la inteligencia artificial. Hace poco invirtió en un proyecto de IA que se llama Colibrí.
Luis sintió cómo se le caía el alma a los pies.
Hubiera preferido que lo mandaran al extranjero.
Allá, por lo menos, solo pasaría dificultades, pero aquí... la vergüenza era insoportable.
Cuando Daisy escuchó que Luis había invertido en Colibrí, por fin lo miró de frente.
Pero esa mirada hizo que Luis se sintiera aún más incómodo.
No podía evitar pensar que se estaba burlando de él.
Daisy comentó—. El señor Ibáñez tiene un "gran hijo".
Matías no entendió la indirecta, creyendo que era un halago.
—Por fuera, pasa. Lo demás... ni fu ni fa.
Daisy solo sonrió, sin decir nada más.
Luis, buscando cualquier excusa, jaló a Matías para largarse de ahí.
Si seguía un segundo más, realmente no podría volver a levantar la cabeza en su vida.
...
En ese momento, Andrés López ya había terminado de presentar su producto. Aprovechó para agradecer a todas las personas que le habían ayudado en el camino.
Entre ellas, mencionó a Yeray.
Al escuchar que Yeray había invertido en Alma Analítica, Matías sintió cómo la envidia le carcomía el corazón.
La razón por la que Banco Unión Central iba en picada era la guerra interna entre las dos ramas de la familia Ibáñez.
Después de ese desahogo, Vanesa poco a poco recuperó la calma, aunque los ojos seguían hinchados de tanto llorar.
—Vámonos, te llevo a casa —dijo Oliver.
—Está bien.
Por lo menos, pensó Vanesa, Oliver siempre estuvo de su lado.
Al salir juntos, escucharon aplausos y vítores desde el otro salón.
Vanesa se detuvo, mirando hacia donde se celebraba el evento de Alma Analítica.
Allá, el ambiente era una fiesta.
Toda la prensa y los invitados que habían abandonado la celebración de Colibrí terminaron en Alma Analítica.
De los altavoces, salió una voz anunciando un nombre familiar.
[¡Démosle la bienvenida con un fuerte aplauso a la socia permanente de Alma Analítica, la señorita Daisy, que subirá al escenario para dar su discurso!]
Incluso Oliver no pudo evitar dirigir la mirada en esa dirección.
Bajo la mirada de todos, Daisy subió al estrado.
Vestía de manera sencilla, sin maquillaje llamativo ni ropa ostentosa.
Y aun así, su presencia era imponente; se veía limpia, segura, llena de carácter.

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