Daisy Ayala despertó cuando la noche ya estaba bien entrada.
Miró a su alrededor dentro del carro, pero no vio a Oliver Aguilar. Por un instante, su mente vagó.
Pensó que Oliver podía ser tan irresponsable como para dejarla tirada a mitad de la calle y marcharse.
Pero luego, al notar que el carro seguía ahí, todas las ganas de soltarle una serie de insultos se le quedaron atoradas en la garganta.
Daisy bajó del carro y empezó a caminar de regreso, sin la menor intención de saludar a Oliver.
Apenas había avanzado un par de pasos cuando la voz burlona de un hombre sonó a su lado.
—¿Otra vez piensas que soy tu chofer? ¿Ni las gracias me vas a dar?
Como ya la había descubierto, Daisy no tuvo de otra que detenerse y voltear a verlo.
Él había estado oculto tras un árbol, por eso no lo había visto antes.
Al parecer, estaba ahí fumando; el cenicero en la tapa del bote de basura estaba atiborrado de colillas.
Al ver tantas colillas juntas, Daisy arrugó la frente sin darse cuenta.
Antes, se habría preocupado por su salud.
Seguro le hubiera pedido que dejara de fumar o que al menos lo intentara.
Pero ahora, solo dio un paso atrás, temiendo que el olor a cigarro la alcanzara.
—Entonces mejor júntame todos los “gracias” que me debes y ya luego hablamos.
Después de todo, en estos siete años, ella lo había llevado muchas más veces de las que él la había llevado a ella.
Oliver dio otra calada al cigarro. El humo que se arremolinó con el viento ocultó por un momento la expresión de sus ojos.
Solo quedó el tono ronco y apagado de su voz.
—Está bien, gracias.
—Te salió sin nada de ganas.
Que él lo dijera no significaba que ella tuviera que aceptarlo.
Además, ese agradecimiento ya había llegado demasiado tarde.
Los agradecimientos que llegan tarde, no tienen sentido.
Oliver se le quedó viendo con una sonrisa torcida.
—¿Y cómo hago para que sí se note que lo digo en serio?
—Deposítame cincuenta mil millones de pesos y vemos si me convence.
Justo ahora le hacían falta esos cincuenta mil millones.
Oliver arqueó una ceja.
—¿Y para qué necesitas tanto dinero?
—Para mantener a ochocientos modelos y que me hagan compañía.
Oliver soltó una carcajada incrédula.
—Eso sí no tengo, ni un solo peso.

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