Hoy en día, ser la amante es como ser una rata: todo el mundo quiere aplastarte.
Jazmín no soportaba ver a Daisy brillando de esa manera, así que decidió acusarla públicamente frente a los medios. Lo que quería era convertirla en el blanco de todos.
Aunque Daisy consiguiera el proyecto, Jazmín no iba a dejar que se saliera con la suya tan fácil. ¡Tenía que hacerle pagar de alguna manera!
Ese era su objetivo.
A la gente le encanta el chisme, y los reporteros aún más.
De inmediato empezaron a lanzarle preguntas a Daisy: que si le había quitado el novio a otra, que si era la amante, que si no le daba vergüenza.
Los micrófonos se le acercaban tanto a la cara que parecía que iban a golpearla.
Andrés se apresuró a apartar a los reporteros, molesto, dispuesto a defender a Daisy.
Pero Daisy lo detuvo con una mano.
Cuando él la miró, ella negó suavemente con la cabeza, dándole a entender que no hiciera nada impulsivo.
En cambio, fue ella quien dio un paso al frente, enfrentando a todos, a los medios, a las miradas curiosas.
De pronto, el lugar quedó en silencio. Todos esperaban su respuesta.
Ante la humillación y la provocación de Jazmín, Daisy ni siquiera le dirigió la mirada. Apenas esbozó una sonrisa sarcástica.
—¿Quitarle el novio a alguien?
Alzó la ceja, y con un tono relajado, replicó:
—¿Para qué me interesaría quitarle el novio a alguien? Lo divertido es quitarle el trabajo.
Todos captaron la indirecta.
Después de todo, Daisy acababa de arrebatarle a Grupo Prestige el gran proyecto de la remodelación del puerto, justo delante de Oliver. Eso sí que era quitarle el pan de la boca.
Vanesa y Oliver presenciaron todo desde cerca.
Vanesa, que acababa de perder otra vez contra Daisy, al escuchar esas palabras se quedó pálida. La mano que tenía colgando a un lado se le cerró poco a poco en un puño.
En ese instante, lo único que deseaba era salir corriendo de ahí. Instintivamente, buscó a Oliver con la mirada.
Esperaba que, como en ocasiones anteriores, él la protegiera de las miradas y la sacara del centro del escándalo.
—Oli, quiero irme.
Pero por primera vez, Oliver no reaccionó.
Él estaba ahí, a un lado de ella, pero su atención estaba fija en Daisy, que no estaba lejos.
—Trabajo aquí.
Al darse cuenta de la situación, el gerente, al ver que Araceli conocía a la clienta, le asignó de inmediato la tarea de atenderlos.
Además, le repitió varias veces, casi en tono de advertencia:
—La presidenta Ayala es una invitada muy importante para nuestro centro. Tienes que atenderla bien, hacer que se sienta como en casa. ¿Me entiendes?
Araceli apretó los labios y bajó la cabeza.
—¿Me entendiste? —insistió el gerente.
Araceli no tuvo otra opción que responder, aunque se le notaba la inseguridad en la voz:
—Sí, lo entendí.
Miguel, que estaba cerca de Daisy, se acercó para contarle en voz baja:
—Cuando Grupo Prestige hizo aquí su evento, Araceli se puso a tomar y a echarle porras a Vanesa, diciendo que gracias a ella podían estar en un lugar tan elegante como este. Que antes solo la pasaban mal.
La verdad, lo que Araceli dijo esa vez fue mucho peor de lo que Miguel contaba.
Incluso se atrevió a decir que Daisy se creía mucho, que actuaba como si ya fuera la futura jefa de Grupo Prestige, que todo quería controlarlo y que siempre estaba buscando ahorrar, como si no tuviera visión para nada.

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