Daisy ni siquiera tuvo tiempo de intentar resistirse; se desvaneció en un suspiro.
...
Del otro lado de la ciudad.
Vanesa iba camino al club, apurando el paso.
Ya había avisado a Fernando y Luis por teléfono; ambos le aseguraron que llegarían en unos minutos.
Por supuesto, Oliver tampoco podía faltar.
Esa noche, Oliver estaba cenando con Mario Aguilar y toda la familia Aguilar, así que no se habían visto antes. Pero en cuanto Vanesa lo llamó, él respondió de inmediato, diciéndole que llegaría en cuanto terminara la comida, que no lo esperara y que empezara a platicar con Luis y los demás.
Justo cuando Vanesa estaba por llegar al club, su celular vibró.
[Jazmín: ¡Ya estoy lista para el espectáculo!]
Con solo unas palabras, Jazmín logró que Vanesa sintiera una mezcla de emoción y nerviosismo.
Después de enviar el mensaje, Jazmín volvió a preguntar a su cómplice:
—¿Seguro que todo está bajo control?
—Seguro, no hay pierde. Es medicina de la India, ¿sabes? Ni la mujer más recatada aguanta esa cosa, hasta la más santa termina pidiendo más —contestó su amigo, confiado.
Jazmín confiaba en él. A fin de cuentas, su amigo era conocido por andar siempre metido en cosas raras, experimentando con todo tipo de sustancias. Gracias a eso, ya había logrado acostarse con muchas mujeres. Nunca había fallado.
Y esta vez, además, le habían dado a Daisy el doble de la dosis habitual.
Según ellos, a menos que Daisy se muriera en el acto, no habría manera de que resistiese los efectos.
—Oye, no se te olvide grabar todo en video, ¿eh? —insistió Jazmín, con una sonrisa torcida—. Daisy se la pasa amenazándome con ese video de mi disculpa, ¿no? Pues ahora le voy a pagar con la misma moneda. Graba todo y guárdalo. Así, cuando me harte o me caiga mal, lo subo a internet y la dejo en ridículo para siempre.
Solo de imaginarse a Daisy arrodillada, llorando y suplicando perdón ante ella, Jazmín sentía que por fin podía desquitarse de todo el coraje que le había hecho pasar.
—Ya está todo listo. No va a fallar —aseguró el amigo.
En realidad, a él Daisy le gustaba bastante. Era la más guapa que había visto en persona, y la curiosidad lo mataba. Pero sabía que Jazmín la odiaba, así que prefirió no decir nada. Total, mientras pudiera seguir disfrutando de los beneficios de andar con Jazmín, tendría que aguantarse. Al final, con grabar el video y quedarse con una copia para él, tenía suficiente para después.
Solo sabía que la desesperación la devoraba, como si miles de hormigas recorrieran su piel por dentro.
Alguien se acercó y le tocó la frente con la mano. El frío de esa palma fue como un trozo de hielo en medio del incendio que sentía por dentro.
Instintivamente, Daisy se aferró a esa mano.
—Qué rico... —musitó, suspirando.
Pero ese pequeño alivio fue fugaz. La siguiente oleada de calor la golpeó aún más fuerte, obligándola a retorcerse y a jalar la ropa sin control, como si las prendas fueran el origen de su tormento.
Sentía que si no se las quitaba, terminaría consumida por las llamas.
Por suerte, alguien la ayudó.
Sintió cómo la liberaban de la ropa que la ahogaba y poco a poco el calor fue disipándose.
Su mente volvió apenas un poco a la realidad, lo suficiente para murmurar:
—¿Ángela mandó al modelo para mí?

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