Ella dudó unos segundos, pero al final abrió la puerta.
En el suelo, justo frente a la entrada, encontró una bolsa. Adentro estaba el remedio que Susana había preparado con tanto esmero.
Oliver ya se había marchado.
...
El miércoles, Daisy había citado a Pablo Castaño en Cosmovisión Financiera Guaraní para platicar sobre un proyecto. Le comentó que ya había revisado la propuesta que él hizo y que le interesaba mucho.
Pablo llegó a Cosmovisión Financiera Guaraní con plena confianza. Mientras esperaba el elevador, se topó con Ramón Ochoa, quien bajaba para recibir a Vanesa.
—Vaya, si no es el buen Castaño —aventó Ramón, que últimamente andaba tan contento que hasta la piel se le notaba más viva.
Comparados, parecían de mundos opuestos.
Uno rebosaba éxito y fortuna; el otro, apenas si lograba disimular el desgaste de los golpes recientes.
Ramón, al ver a Pablo tan venido a menos, se sintió aún más superior.
—¿Ya no te fue bien allá afuera, verdad? Te lo dije desde el principio: los negocios son negocios y los sueños… bueno, los sueños no llenan la panza.
—Siempre has sido un necio, nunca entendiste que yo lo hacía por tu bien, y aun así te pusiste al brinco conmigo.
Antes de dejar la empresa, Pablo y Ramón habían tenido una pelea monumental en la oficina, lo escuchó todo el personal. Eso dejó a Ramón en ridículo frente a todos.
Ramón siempre creyó que, como era el que más dinero aportaba, él tenía la última palabra.
Para él, Pablo solo era un empleado; no debía cuestionarlo ni tenía derecho a hacerlo.
Ramón se acomodó la chaqueta de marca, presumiendo sin vergüenza.
—Te cuento que Grupo Prestige volvió a invertir en mi empresa, y ahora pusieron más lana que antes. Si de plano no puedes con la vida en la calle, podría darte chamba, por los viejos tiempos de la universidad.
—Eso sí —levantó la barbilla con aire de superioridad—, tengo condiciones: primero, tienes que pedir perdón frente a toda la empresa, aceptar que estabas mal y, solo así, te acepto. Pero olvídate de ser socio, ahora solo serías un empleado más.
El elevador sonó —ding—, y las puertas se abrieron.
—¿Puedes hacerte a un lado? Estás bloqueando el paso —dijo Pablo, sin dejar ver emoción alguna.
Pablo subió al elevador y Ramón se quedó pasmado, sin entender qué había pasado.


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