Antes le encantaba asistir a este tipo de reuniones; servían para hacer contactos y también para presumir su superioridad.
Pero esta vez, Vanesa deseaba más que nunca que la reunión se acabara rápido.
Para colmo, el gobierno había preparado una ceremonia de premiación para los diez mayores contribuyentes fiscales.
Valerio en persona les colocaría la banda.
Vanesa notó que, cuando Valerio le puso la banda a Daisy, se tardó visiblemente un poco más.
Y la sonrisa en su rostro no era tan protocolaria.
La mirada de Vanesa se oscureció y apretó con fuerza la pluma que tenía en la mano.
Cuando terminaron de poner las bandas, la gente abajo empezó a aplaudir.
Vanesa no quería mover ni un dedo.
Pero había cámaras apuntándoles.
No le quedó otra que aplaudir a regañadientes.
En cuanto se acabó el suplicio, Vanesa se largó de inmediato, sin quedarse a socializar como solía hacerlo.
Originalmente pensaba invitar a Valerio a su fiesta de celebración, pero al final no tuvo cara para pedírselo.
Esa reunión la dejó con un coraje atorado en la garganta, y llegó a su casa de un humor de los mil demonios.
Azucena llegó a casa después de su reunión con el círculo de señoras ricas, de un humor excelente, contrastando totalmente con Vanesa.
—¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara? —preguntó Azucena con preocupación al verla tan mal.
—¡Pues quién más va a ser, la perra de Daisy, que se robó el show en la mesa redonda!
Azucena no le dio importancia: —¿Y eso qué tiene para que te enojes?
—¿Cómo no me voy a enojar? Ya fue suficiente con que brillara en la gala de la señora Vargas, ¡y hoy otra vez se luce en la mesa redonda! ¡Todos estaban pendientes de ella!
Vanesa estaba que se subía por las paredes, poniéndose más irritable con cada palabra.
Si fuera en otro momento, Azucena la habría consolado primero.
Pero esta vez, en lugar de consolarla, se sirvió una taza de té con toda la calma del mundo y le dio un sorbo levantando el meñique.


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