—¿Rencores privados?
Soltó una risa burlona.
—¿Qué rencor personal podría tener yo con la señorita Espinosa?
—¡Tú sabes bien de lo que hablo!
Daisy la miró a la cara y sonrió de nuevo, con un tono indiferente y algo cruel.
—La verdad, no tengo idea.
—¿Por qué finges? ¿No estás celosa de que Oliver me eligiera a mí y te dejara a ti? —Vanesa intentó usar su propia lógica para menospreciar a Daisy.
Daisy se rio con más ganas, como si hubiera escuchado el chiste más ridículo del mundo.
—La percepción de la señorita Espinosa es tan risible como su título académico.
El tema del título era una espina clavada en el corazón de Vanesa; al ser mencionado tan a la ligera por Daisy, rompió la cuerda tensa que Vanesa había sostenido durante días.
Con una expresión de vergüenza extrema y voz chillona, replicó:
—¿Acaso miento? ¿No es verdad que sigues soltera porque no has superado a Oli? ¿Por eso no has conocido a nadie más ni has iniciado una nueva relación?
Miró a Daisy con una expresión de «ya te descubrí».
Daisy mantuvo la sonrisa, y con un tono pausado pero imponente, respondió:
—Eso es aún más ridículo. ¿Por qué necesitaría tener novio para demostrar que ya superé a Oliver?
—¿Quién se cree que es? ¿El centro del universo?
Vanesa, que estaba furiosa, se quedó perpleja.
La mirada de Daisy pasó por encima de ella y se clavó en un punto detrás de Vanesa.
Era Oliver.
La estaba mirando con una expresión indescifrable.
Daisy estaba segura de que él había escuchado lo que acababa de decir, pero no le importaba en lo absoluto lo que él pensara.
Solo quería que esos dos entendieran que, tanto Oliver como Vanesa, para ella, ¡no valían nada!
No quería que la involucraran en sus enredos; le arruinaban el humor.
En un día tan bueno, tenían que venir a amargarle el rato.
Vanesa notó algo en la mirada de Daisy, se giró bruscamente y vio a Oliver.


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