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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 633

—¿Me ves cara de niña de tres años? ¿Crees que soy fácil de engañar? —Luciana Paredes soltó una carcajada grotesca.

Estaba claro que su paranoia la había vuelto completamente irracional.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer para que me creas?

Luciana sonrió con malicia.

—Te creeré cuando estés muerta.

—¡Porque los muertos son los únicos que no mienten!

—¡Estás loca! —Daisy vio la locura en sus ojos y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

A esa hora se celebraba una fiesta en el crucero y la mayoría de la gente estaba allá.

Además, el aislamiento de la habitación era excelente. Aunque gritara con todas sus fuerzas, nadie la escucharía.

Si no fuera así, Luciana no se habría atrevido a secuestrarla tan descaradamente.

Sumado a que Daisy había pasado los últimos dos días encerrada trabajando y descansando, nadie notaría su ausencia por unas horas.

Daisy sentía una ansiedad creciente.

Luciana adivinó sus pensamientos y le advirtió entre risas desquiciadas: —¡Deja de luchar! Todo este crucero pertenece a la familia Paredes. Estamos en aguas internacionales, tierra de nadie. Puedo hacer lo que quiera y nadie vendrá a salvarte.

El corazón de Daisy se heló.

Con razón Luciana se había atrevido a secuestrarla a plena luz del día; el barco era propiedad de Grupo Paredes.

Si era cierto que estaban en aguas internacionales...

Un miedo profundo se apoderó de ella.

Si Luciana no estuviera loca, tal vez podría ganar tiempo.

¡Pero era una psicópata!

Ni siquiera le dio tiempo a Daisy de pensar. Hizo un gesto y sus guardaespaldas, dos tipos enormes, levantaron a Daisy y la empujaron hacia el balcón.

En medio del pánico, Daisy gritó pidiendo ayuda por instinto.

Luciana salió tras ella riendo siniestramente, el viento del mar agitando su vestido rojo de forma fantasmal.

Se burló de la ingenuidad de Daisy. —Las otras mujeres que intentaron trepar a la cama de mi cuñado gritaron igual que tú antes de que las tirara al mar. ¿Y de qué les sirvió? Terminaron siendo comida para tiburones.

Como si fuera una ofrenda fúnebre.

Dentro de la habitación, Nina, que había estado temblando de miedo, al ver aquello sufrió un colapso.

Gritó descontrolada y comenzó a morder.

El guardaespaldas que la sujetaba soltó un alarido de dolor al sentir los dientes de la niña en su mano, que empezó a sangrar, y la soltó.

Nina salió corriendo como un rayo, gritando a todo pulmón: —¡Ayuda! ¡Ayuda!

La cara de Luciana se transformó.

—¡Rápido! ¡Tráiganla de vuelta!

Los guardaespaldas apenas cruzaron la puerta cuando retrocedieron.

—¿Qué hacen? —gritó Luciana histérica—. ¡Atrapen a esa mocosa de una vez!

Apenas terminó la frase, vio a Camilo irrumpir en la habitación con el rostro sombrío.

—Cu... cuñado —balbuceó Luciana, perdiendo toda su arrogancia y locura al instante.

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