—¿Camilo te salvó? —Miguel estaba asombrado—. ¡Híjole, eso es una deuda enorme!
Miguel le sirvió un poco de caldo a Daisy. —Espera, no. Fue por su culpa que esa loca te secuestró, ¡así que era su obligación salvarte! ¡No le debes nada!
—Tampoco hay que ser tan radicales —dijo Daisy sin darle tantas vueltas.
—También es mi culpa, debí haber ido contigo —empezó a recriminarse Miguel.
—Fue algo impredecible, ¿cómo iba a ser tu culpa?
Nadie esperaba que Luciana hiciera algo así.
El problema era que ella y Luciana solo se habían visto una vez antes de eso.
Nadie puede predecir qué llegará primero, si el mañana o un accidente.
Al ver que Miguel seguía agüitada, Daisy intentó consolarla: —Se supone que venimos a relajarnos, si no nos divertimos ahora, ¿cuándo?
Miguel se sintió un poco mejor y pensó para sus adentros: «Creo que necesitamos contratar una guardaespaldas mujer, a veces los hombres no son prácticos».
Al ser un viaje en crucero, Daisy inevitablemente querría nadar.
Raúl, siendo hombre, no podía seguirla a todas partes, y por eso pasó lo que pasó.
Daisy vio que no podía hacerla cambiar de opinión, así que la dejó ser.
—Por cierto, escuché que esa loca quedó muy malherida, tiene cuatro costillas rotas —comentó Miguel, que se había enterado por chismes, no porque lo hubiera visto.
Daisy se extrañó. —¿Cómo se lastimó?
Antes de que la tiraran al mar, Luciana estaba perfectamente bien.
Miguel negó con la cabeza. —No sé, dicen que alguien la pateó.
—¿Camilo? —Daisy se sorprendió aún más—. No parece el tipo de persona que haría eso.
—Yo también lo pensé. El señor Ferrer se ve tan caballeroso... y esa loca es su cuñada. ¿De verdad sería capaz de golpearla tan fuerte?
Ambas solo especulaban, la verdad era un misterio.
Daisy descansó dos días más.
Durante ese tiempo, Nina iba a verla todos los días a la misma hora.
No hablaba, simplemente se sentaba a acompañarla en silencio.
Al día siguiente, alguien interceptó a Azucena Galván.
Le preguntaron por qué su hija, que había estafado a la gente y destruido familias, se escondía en lugar de dar la cara.
Azucena respondió: —Las inversiones siempre tienen riesgo. Si él era mentalmente débil, ¿cómo pueden culpar a mi hija?
—Él solo perdió la vida, pero mi hija tiene que enfrentar todas estas críticas, no es justo.
Daisy quedó estupefacta al leer esa respuesta.
¿Cómo se podía ser tan egoísta?
Lo peor fue que, al día siguiente de la declaración de Azucena, la esposa del inversionista que se suicidó también se quitó la vida.
Esta vez, los reporteros acorralaron a Jazmín, la prima de Vanesa.
Ella soltó una frase aún más impactante:
—Al morir la deuda desaparece, así que están más tranquilos que los vivos.
De tal palo, tal astilla; toda la familia hablaba igual.

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