El guardia volvió a golpear la puerta exigiendo silencio.
Pero ella lo ignoró y siguió riendo como una demente.
Esa risa sonaba como una cuerda de violín tensada al máximo que se rompe de golpe.
Ronca y desagradable.
El guardia entró y se la llevó a la fuerza.
Gabriel se marchó mientras escuchaba sus risas trágicas.
Pero no se fue del lugar; fue a visitar a Azucena Galván.
En ese tiempo, Azucena también había estado contando los días.
Calculaba que Oliver ya debía haberse reunido con «esa persona».
Así que pronto saldría libre.
Mientras hacía sus cálculos mentales, el guardia la llamó por su nombre anunciando visita.
Los ojos de Azucena brillaron y siguió al guardia de inmediato.
Pero cuando vio que la visita era Gabriel, frunció el ceño con fuerza.
Aunque estaban legalmente casados, Azucena no tenía ganas de ver a Gabriel.
Así que su primera frase al sentarse estuvo llena de desprecio:
—¿A qué viniste?
Gabriel la miró con indiferencia y soltó una risa burlona.
—A hacer leña del árbol caído, naturalmente.
Azucena hizo una mueca de asco y le advirtió con una sonrisa fría:
—Que yo caiga no te beneficia en nada. Además, te estás adelantando un poco.
Ella tenía un plan de respaldo.
Por eso no le importaban las burlas de Gabriel.
Sin embargo, Gabriel le dijo:
—Tu respaldo se cayó.
Azucena se estremeció y clavó la mirada en Gabriel, como si quisiera agujerearlo con los ojos.


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