Últimamente, Andrés había vivido como un zombi, sin sentir la alegría de que su estatus hubiera subido tras la salida a bolsa de la empresa.
El error de aquella noche se había convertido en un abismo insuperable.
Si ni siquiera podía enfrentarse a sí mismo, ¿con qué cara iba a enfrentar a Daisy?
Mirella López se acercó en algún momento y le dio un codazo a Andrés.
—Hermano, ¿qué haces ahí pasmado? ¡Ve y conquista a Daisy de una vez!
Mirella no sabía lo del crucero y seguía presionando a Andrés como antes.
—Acabo de dar una vuelta y escuché a varios preguntando por el estado civil de Daisy; todos quieren presentarle a alguien. ¡Está muy solicitada! Nosotros tenemos ventaja, no vayas a regarla ahora y dejes que te ganen el mandado.
—¡Si no puedes, voy yo y hablo por ti!
Andrés forzó una sonrisa, con una clara evasiva en la mirada.
—No hagas locuras. Este evento es muy importante para ella, no la molestes.
—Está bien. —Mirella estaba impaciente, pero entendía la gravedad del asunto—. Pero échale ganas, no lo dejes para después.
—...Ya sé.
Yeray Ibáñez llegó algo tarde, acompañado de su prometida.
Era la primera vez que Daisy veía a la prometida de Yeray y, tal como decían los rumores, era una chica mestiza muy guapa.
Era bastante joven, con el rostro fresco y lleno de vida.
Su sonrisa era dulce y su mirada inocente y brillante.
—Colega, llegaste. —Daisy saludó a Yeray como siempre, y luego miró amablemente a su prometida—. Hola, señorita Chávez, bienvenida a la cena de agradecimiento de Cosmovisión Financiera Guaraní.
Sandra Chávez resultó ser muy confianzuda.
—Vaya, tenemos gustos muy parecidos para los vestidos.
Con su comentario, Daisy notó que el vestido de Sandra era muy similar al suyo.
Ambos eran de una gama de azul oscuro.
—Bueno, platicamos luego.
Al irse, Daisy escuchó a Sandra pedirle a Yeray que le pasara su contacto.
Era una chica... peculiar.
Hacía buena pareja con Yeray.
Antes, cuando Luis asistía a estos eventos, siempre era el centro de atención, escandaloso y arrogante.
Ahora, solo quedaba en él una quietud que solo los años y los golpes de la vida te dan.
Después de que Fernando se fue a buscar a Daisy, él se quedó bebiendo solo en silencio, barriendo el lugar con la mirada sin rumbo fijo.
Hasta que vio a Oliver en otro rincón.
Oliver no lo miraba a él; sus ojos estaban fijos en el otro lado del salón, con una mirada que podría describirse como profundamente enamorada.
Luis siguió su línea de visión y vio a Daisy.

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