Luis se dio cuenta de que, siempre que hablaban de cosas de Daisy, Oliver reaccionaba.
Si hablaba de otros temas, la mayoría de las veces se quedaba callado.
O le daba flojera responder.
Por ejemplo, cuando le preguntó: —Oli, ¿por qué le pusiste Grupo Zentix a la empresa? ¿Tiene algún significado especial?
—No.
—Se me ocurrió y ya.
Luis no se lo tragaba.
Recordaba claramente cuando fue a visitarlo a prisión y le preguntó por el nombre de la empresa.
El brillo fugaz en los ojos de Oliver.
Y el tono con el que pronunció "Grupo Zentix".
Una firmeza sin precedentes.
Eso indicaba que el nombre lo tenía pensado desde mucho antes, por eso lo soltó en ese momento.
Simplemente Luis no había logrado descifrar el significado.
Buscó otros temas de conversación, pero, como era de esperarse, no obtuvo respuesta.
Lo malo era que tampoco se atrevía a irse.
—Por cierto, mañana hay una cena de negocios. Oli, ¿por qué no vas tú? Yo de plano no sé cómo manejarlo.
Luis empezó a quejarse entre dientes de ese cliente.
Era una clienta importante de Grupo Zentix en el extranjero, una mujer de casi cincuenta años llamada Nayeli.
Cada vez que Luis se reunía con Nayeli, ella buscaba cualquier excusa para manosearlo.
Tan solo de pensar en ver a Nayeli, se le ponía la piel de gallina.
El consejo que le dio Oliver fue: —Si ante los problemas solo piensas en esconderte en lugar de resolverlos, nunca vas a superar ese obstáculo.
—Pero tienes que darme tiempo para aprender a manejarlo —dijo Luis con cierto tono de agravio.
—¿Quién te va a dar tiempo para que aprendas con calma? La gente solo crece en entornos hostiles.
Dicho esto, Oliver se levantó y se sacudió el polvo del abrigo: —Me voy. Vete tú también temprano.
Luis se quedó boquiabierto.
O sea, ¿estuvo ahí acompañándolo a chupar frío toda la noche y ahora se va así como si nada?
¿De verdad no le iba a ayudar con Nayeli?
¿Tan despiadado era?
Benjamín fue muy eficiente y pronto envió lo que Daisy necesitaba a su correo.
Daisy preguntó casualmente: —¿Te gradúas este año?
Benjamín: —......
Eso dolió.
Mismo tiempo, mismo nivel.
Daisy completó la maestría y el doctorado en solo cuatro años.
Y él... ¡todavía necesitaba dos años más para la maestría!
¡Esa era la diferencia entre las personas!
También fue culpa suya por ser ambicioso y querer seguir el ritmo de Daisy.
Pero se le olvidó que Daisy era un genio.
Cursos que a otros les tomaban de seis a ocho años, ella los terminó en cuatro.
Al punto que Daisy ya había regresado al país y él seguía allá juntando créditos.
Hasta su papá lo llamaba para decirle: —Daisy ya regresó, ¿tú por qué sigues allá?

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