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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 723

No fue sino hasta que Daisy Ayala acompañó a Cintia a salir del área de nefrología tras su chequeo, que le cayó el veinte.

¿Por qué Oliver Aguilar habría ido a hacerse estudios en nefrología?

Recordaba bien que los chequeos generales no incluían exámenes específicos de riñón.

«Quizá quiso hacerse una revisión completa», pensó.

Daisy no quiso darle más vueltas al asunto.

Sin embargo, parecía haber una voz en su cabeza advirtiéndole:

«Daisy, no mires atrás».

Aun así, durante el camino de regreso, Daisy se sentía intranquila.

Estaba tan distraída que, al bajar del auto para tomar los reportes médicos del asiento delantero, rompió sin querer el cordón del amuleto que colgaba del espejo retrovisor.

Era una medalla que Miguel había ido a bendecir especialmente para ella cuando se compró su primer coche.

Después había cambiado de vehículo varias veces, pero en cada ocasión, Miguel se encargaba de quitar el amuleto y colgarlo en el coche nuevo.

Daisy no le dio mucha importancia al principio, pero Cintia, que estaba a su lado, se puso muy nerviosa, sintiendo que aquello era un mal augurio.

Daisy lo entendía; ya se sabe cómo son las señoras mayores con esas creencias.

—Dámelo, mañana iré a la capilla de Monte Azul a pagar una manda por ti y a traerte un amuleto nuevo —dijo Cintia.

—Luego voy yo misma —rehusó Daisy.

Con la salud de Cintia, no estaba para esos trotes.

—Entonces recuerda que tienes que ir a dar las gracias, sin falta —insistió Cintia al bajar del auto.

Solo se quedó tranquila cuando escuchó a Daisy prometer que iría.

Después de dejar a Cintia en su casa, Daisy regresó a la empresa para trabajar horas extra.

Cuando Miguel entró a llevarle un café, vio el amuleto roto sobre el escritorio y preguntó qué había pasado.

Daisy le explicó que lo había roto por accidente.

Como estaba ocupada en ese momento, no dijo nada más.

Miguel tampoco la interrumpió y salió de la oficina en silencio.

Esos días Daisy estuvo muy ocupada; tenía dos proyectos en proceso de preparación para su oferta pública inicial.

Daisy caminó hacia el interior bajo su paraguas. El encargado de la entrada la saludó con una inclinación de cabeza y le preguntó si venía a encender veladoras o si pasaría al comedor.

Daisy respondió que venía a cumplir una manda.

El hombre la guio hacia el altar de las veladoras, pasando a través de una zona arbolada.

En medio de esa arboleda se encontraban los noventa y nueve escalones de piedra que innumerables fieles subían de rodillas.

Hoy, al no haber visitantes, el lugar estaba en completo silencio.

Al acercarse a la escalinata, Daisy miró inconscientemente hacia allá.

Ese lugar también le traía recuerdos.

La lluvia, mezclada con la niebla, envolvía los árboles, haciendo que todo se viera borroso.

Pero, sobre los escalones, se distinguía claramente a alguien rezando con devoción.

Incluso el encargado que la guiaba se detuvo, mirando la figura que subía, hincándose y agachando la cabeza en cada escalón.

—¿Viene a pedir un milagro con este frío? —comentó, y luego añadió—: Aunque así se demuestra más sinceridad; dicen que el favor se concede más rápido.

Daisy sintió de pronto las piernas pesadas como el plomo; no podía dar un paso más.

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