—¿No se te ocurrió decir que no daban ese servicio? —le reclamó Luis, furioso, al jefe de meseros.
El encargado puso cara de inocente:
—Pero esa tal Ángela Zamora ya había venido antes, ella sabe cómo funciona esto.
Luis hizo una mueca de angustia.
—Oliver...
La voz de Oliver no delataba ninguna emoción:
—Que pase lo que tenga que pasar.
Sin embargo, al hablar, sus dedos se apretaron involuntariamente alrededor de la copa que sostenía.
El encargado salió de la habitación.
Luis, frustrado, exclamó:
—¡Qué es todo este relajo! ¿Acaso esas mujeres quieren poner el lugar patas arriba?
Aunque se quejaba, Luis no tuvo más remedio que salir a monitorear la situación, entrando y saliendo constantemente.
Del otro lado, cuando el encargado entró con ocho modelos masculinos, Daisy finalmente entendió a qué se refería la presidenta Zamora con las «especialidades» de la casa.
—¡Este está bueno, este está bueno! —comentaba Camila mientras le daba de codazos a Daisy—. Daisy, ¿te pides uno?
Daisy juntó las manos en señal de súplica:
—¡Apiádate de mí, por favor!
La presidenta Zamora intervino:
—Ríndete, Cami. Conozco a Daisy desde hace años y jamás la he visto interesada en el placer masculino. A veces hasta sospecho que le gustan las mujeres.
Camila entornó los ojos, sospechosa:
—No me digas que todavía no has superado a ese perro infeliz.
Daisy se quedó muda.
¿Qué tenía que ver una cosa con la otra?
—Te lo digo en serio, una mujer necesita un poco de hormonas masculinas para estar radiante, ayuda a regular el sistema —insistió Camila.
La presidenta Zamora estuvo muy de acuerdo con la teoría de Camila.
Daisy se dio cuenta de que esas dos habían decidido soltarse el pelo esa noche. Si no elegía a alguien, la iban a estar fastidiando hasta la muerte. Para desviar la atención de su hiperactividad, señaló al azar:
—Ese de ahí.
Camila siguió la dirección de su dedo y soltó un grito:
—¡Daisy, han pasado tantos años y tus gustos no han cambiado!
—¿Para qué preguntas tanto? —Camila no tenía intención de decirle.
—¡Dímelo! ¿Dónde estás?
Camila pensó que Pedro estaba mal de la cabeza esa noche, insistiendo tanto.
—¡Estoy dormida! ¿Contento? —ladró Camila y colgó.
Daisy la miró de reojo.
Camila tiró el celular.
—Llamadas de estafa.
Giró la cabeza, lista para seguir coqueteando con sus acompañantes, cuando la puerta de la habitación se abrió de un golpe brutal.
El estruendo fue tal que todos dieron un salto del susto.
Camila entrecerró los ojos y, al ver quién había pateado la puerta, los abrió como platos, atónita:
—¿Qué haces aquí?
¿A esta hora no debería estar haciéndole compañía a la zorra de Jimena?
—¿A esto le llamas estar dormida? —La mirada de Pedro era tan gélida que daba miedo.

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