Al ver a Daisy, intentó levantarse instintivamente.
—Quédate acostado —ordenó Daisy.
Debido a la fiebre, la voz de Oliver sonaba ronca.
Le preguntó a Daisy: —¿Me buscabas por algo?
—Hace unos años, cuando me secuestraron en Nuevo Veracruz, ¿fuiste tú quien me salvó? —Daisy no se anduvo con rodeos y preguntó directamente.
Oliver apretó los labios antes de asentir. —Sí.
—¿Entonces por qué no lo dijiste antes?
Ella había intentado averiguarlo más de una vez.
Sus preguntas solo habían recibido el silencio de Oliver.
Daisy notó que él no quería responder a eso, así que decidió no insistir.
La respuesta ya no importaba.
Solo quería confirmarlo.
—Te debo una por eso. Si en el futuro necesitas algo, pídemelo y no me negaré —Daisy dejó clara su postura—. Además, este cheque es para ti, para pagar la ayuda que nos diste antes con la renta de las oficinas y la inversión de cien millones de la presidenta Zamora para Cosmovisión Financiera Guaraní.
—Aunque hablar de dinero suene vulgar, ahora mismo lo único que puedo darte es dinero.
El mensaje entre líneas era evidente.
Los ojos de Oliver reflejaban desolación, y en su rostro había una sonrisa tenue y triste.
—¿Estás marcando tu distancia conmigo?
La miró a los ojos.
Tan hermosos, pero tan fríos.
Completamente diferentes a como él los recordaba.
—Solo no quiero que perturbes mi vida tranquila —dijo Daisy con total franqueza.
En el instante en que ella dijo eso, Oliver sintió una opresión terrible en el pecho.
—Fue mi culpa. —Oliver bajó la voz, tragándose el orgullo.
Extendió la mano, tratando de tomar la de Daisy.
Pero ella se apartó, mirándolo con indiferencia.
Oliver se mantuvo en la misma postura.
Su vista estaba clavada en la palma de su mano, donde parecía quedar aún el calor de Daisy.
Fue en ese momento que comprendió lo doloroso que era ser rechazado.
Era como si una cuchilla afilada se le clavara en la carne y se retorciera.
En un instante, sintió que se le venía el mundo encima.
No se le ocurría ninguna forma de arreglar esto.
La bondad de ella no tenía segundas intenciones, por lo que su indiferencia tampoco dejaba margen de maniobra.
—Oli... ¿estás bien?
—No me voy a morir. —Oliver cerró el puño con fuerza, como si aferrara algo vital.
Le preguntó a Luis: —¿Hay alcohol?
Luis abrió los ojos como platos. —¿Estás loco? ¿Quieres beber en tu estado? ¿Te quieres morir?
—¡Si no bebo, sí me voy a morir!

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