Ya en el carro, Jimena le contó a Pedro, con ojitos llorosos, que la habían sacado de la alfombra roja.
Tenía esa cara de “pobrecita de mí” perfectamente ensayada.
—Era una oportunidad que me costó muchísimo conseguir… y Daisy ni tantita compasión tuvo.
—De verdad ni sé qué hice mal.
—Solo estoy tratando de salvar mi carrera.
Pedro se quedó callado un buen rato antes de decir:
—Vas a caminar conmigo.
Eso era exactamente lo que Jimena quería oír, pero fingió duda.
—Pero tu abuela ya te dijo que no te metieras en mis asuntos… No quiero que por mí te pelees con ella. Está grande; hay que cuidarla, no se le puede dar un susto.
Lo de que a Jimena la habían “congelado” profesionalmente, Pedro lo sabía desde hace tiempo. Pero la abuela Castaño había dado una orden tajante: prohibido intervenir.
Jimena había aguantado y no le había pedido nada a Pedro; hasta se había armado la imagen de víctima fuerte y autosuficiente.
Y le estaba funcionando: Pedro no la estaba dejando sola.
Apretó la emoción por dentro y preguntó, “preocupada”:
—¿Y con tu abuela qué?
—Le diré a mi asistente que hable con los medios. Que aquí no salga nada.
Los ojos de Jimena parpadearon, calculando.
La vieja había dicho que mientras siguiera viva, Jimena no pisaría la casa de los Castaño.
¿Y si ya no estuviera?
¿Eso le abriría la puerta?
Jimena estaba en esas cuando sonó el celular de Pedro.
Era su abogado.
Pedro contestó, y el abogado le explicó cómo iba el divorcio: Camila ya había dejado todo en manos de Vicente Fonseca. No pedía nada, ni condiciones; incluso estaba dispuesta a irse con las manos vacías, con tal de divorciarse.
En esas circunstancias, era muy probable que el divorcio procediera.
—Alárgalo lo más que puedas —ordenó Pedro.
Jimena apretó la mano sobre las piernas sin darse cuenta.
Así que Camila ya había pedido el divorcio…
¿Entonces por qué Pedro no lo soltaba? Si ni la quería.


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