Pero él estaba tan duro que no le dolió; al contrario, a ella le dolió la mano.
Finalmente, la abuela Castaño, con los ojos rojos de coraje, dijo: —Si eliges no divorciarte, deberías tratarla bien, y no andar enredado con mujeres que no valen la pena.
—¡Lo que haces es imperdonable!
—Por un lado la lastimas profundamente, y por el otro no quieres darle el divorcio.
—Si no la amas, ¿por qué no la dejas ir?
Jimena no se atrevió a decir ni pío.
Después de que la abuela Castaño se fue, Pedro fumó afuera durante más de media hora antes de regresar a la habitación apestando a tabaco.
Jimena actuó como si nada hubiera pasado y le preguntó con inocencia si quería desayunar, que podía enviar a Salma a comprar algo.
—No voy a comer. Tengo cosas que hacer al rato, así que no te llevaré al aeropuerto —la voz de Pedro sonaba ronca y su expresión era igual de áspera.
Jimena sintió un nudo en la garganta. —Pedro, ¿no vas a regresar conmigo?
—Regresa tú sola —repitió Pedro.
Jimena apretó los labios y no se atrevió a insistir, solo asintió en silencio.
Pedro la miró, fijando su vista directamente en sus ojos.
Después de observarla por varios segundos, dijo en voz baja: —Jimena, cuídate mucho esos ojos.
***
Después de correr a Pedro la noche anterior, Camila durmió de maravilla.
En su sueño, vio a su mamá, a quien no veía desde hacía mucho tiempo.
Se veía joven, elegante y hermosa.
Cuando sonreía, se le formaban unos lindos hoyuelos en las mejillas.
Lástima que Camila no había heredado los hoyuelos de su madre.
En el sueño, ella volvía a ser una niña.
Estaba acostada en la habitación de princesa que su papá le había construido, escuchando a su mamá contarle cuentos para dormir.
Ese sueño reparador hizo que Camila durmiera hasta el mediodía, sin ganas de despertar.
Si no hubiera sido por la llamada de su abuela, habría seguido durmiendo.

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