Tras salir de la cafetería, Camila se dirigió directamente al salón de belleza.
Cuando terminó su sesión completa de spa, ya eran las once de la noche.
Pidió un auto de plataforma, pero aún no llegaba.
No le quedó más remedio que envolverse bien en su abrigo y esperar en la entrada.
El otoño en Puerto Real también era muy frío, y el viento nocturno cortaba como cuchillos, calando hasta los huesos.
Mientras esperaba el vehículo, Camila aprovechó para maldecir a Pedro en su mente por haberle hecho perder el tiempo.
Habían pasado casi veinte minutos y el auto seguía sin aparecer.
Camila envió un mensaje a través de la aplicación preguntándole al conductor por qué no llegaba.
El chofer le regresó la llamada un momento después:
—De verdad, una disculpa enorme. Me acabo de pelear con mi novia y está haciendo un berrinche tremendo, así que tengo que ir a verla. Se me olvidó cancelar el viaje, ¿sería tan amable de cancelarlo usted?
Camila se quedó sin palabras.
El tono del conductor era genuinamente apenado, y no paraba de disculparse:
—En serio, perdóneme, no fue mi intención. Mi novia acaba de quedar embarazada y trae las hormonas muy alborotadas, así que...
En cuanto escuchó que estaba embarazada, a Camila se le ablandó el corazón.
—No se preocupe, ahorita lo cancelo.
El conductor se mostró infinitamente agradecido.
—Muchísimas gracias, de verdad, gracias.
Antes de colgar, a Camila se le vino algo a la mente y preguntó por curiosidad:
—¿Todavía no están casados?
El conductor respondió con una sonrisa en la voz:
—Ya casi. Llevamos cinco años de relación, estamos juntos desde la universidad. Precisamente para podernos casar más rápido, trabajo de chófer en las noches. Quiero juntar más dinero para mantenerla a ella y al bebé.
—Qué bonito que estén juntos desde jóvenes. Les deseo lo mejor y que sean muy felices toda la vida.
En cuanto lo dijo, se sintió un poco cursi y colgó rápidamente.
El reloj de la plaza de enfrente dio doce campanadas.
Era medianoche.
Un nuevo día.
Mientras unos duermen tranquilos y otros tienen a alguien esperándolos en casa, ella seguía ahí afuera, sola, a medianoche.
Camila se sonó la nariz, dispuesta a pedir otro auto.
De repente, un Rolls-Royce se detuvo con precisión milimétrica justo frente a ella.
Camila se sobresaltó y se inclinó un poco para asomarse al interior del auto.
Camila se sintió aliviada de no estar completamente a solas con él.
Manolo, ya fuera porque había tomado de más o porque no quería incomodarla, se la pasó con los ojos cerrados descansando durante todo el trayecto.
No cruzaron ni una sola palabra.
Fue hasta que el auto se detuvo frente al hotel cuando Camila empezó a dudar, sin saber si darle las gracias o no.
Lo correcto era agradecerle, pero parecía estar descansando y no quería molestarlo.
Justo cuando estaba dudando, el hombre que mantenía los ojos cerrados los abrió de golpe, echó un vistazo al hotel y le preguntó:
—¿Por qué vives en puros hoteles?
Su pregunta repentina la tomó por sorpresa.
—Por la naturaleza de mi trabajo, me resulta más práctico quedarme en hoteles —explicó Camila brevemente.
Manolo no hizo más preguntas, solo lanzó una mirada pensativa al edificio.
Camila aprovechó la oportunidad para darle las gracias y despedirse.
Manolo se limitó a asentir con la cabeza.
Ella quería esperar a que el auto de Manolo se alejara antes de entrar al hotel, pero el chofer no hacía el intento de arrancar.
Así que ella entró primero.
Justo en el momento en que cruzó la puerta giratoria, el auto de Manolo arrancó a toda velocidad.

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