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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1833

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Abel lo miró en silencio un rato antes de preguntar:

—Si ya vino hasta aquí, ¿por qué no lo agarraste de una vez?

Aspen sacudió la ceniza del cigarro, manteniéndose tranquilo.

—Si él tuvo el descaro de presentarse frente a mí, es porque tenía un plan para salir ileso. Hoy no íbamos a poder atraparlo.

—Y con lo de Gael, la verdad, no tengo cabeza para andar jugando a la persecución.

Abel abrió la boca, quiso decir algo, pero se contuvo.

Aspen soltó el aire con fuerza y miró a Abel.

—No te preocupes por mí. Siempre supe que él vendría a buscarme primero. Ya estaba preparado.

—Sí, claro que me incomodó verlo, pero solo es eso, incomodidad. No voy a perder la cabeza por su culpa.

—...Lo suyo, lo de todos ellos, se va a resolver cuando tengamos la cura para la octava generación del virus. No antes.

Abel frunció el ceño, dudando.

—¿Ellos?

Aspen también frunció el ceño.

—Cauto solo no puede armar un lío tan grande.

Abel se quedó helado, de repente algo hizo clic en su cabeza y abrió los ojos como platos.

—¿No me digas que hasta...?

No se atrevió a terminar la frase. Miró a Aspen con el ceño fruncido, entre el asombro y la tristeza.

Ahora todo tenía sentido.

El hombre misterioso maltrataba gatos, y eso no era típico de Cauto.

Cauto adoraba a los gatos, por mucho que se dijera, él nunca haría algo así. Eso solo no cuadraba.

Pero muchas pruebas apuntaban a Cauto, lo identificaban como el hombre misterioso.

Por eso Abel pensó que quizás Cauto había cambiado, que ya no le gustaban los gatos, que ahora los maltrataba.

Pero no, el que había cambiado no era Cauto. Ellos se habían equivocado al pensar que el hombre misterioso era solo una persona.

En realidad, era un grupo. Cauto solo era uno de ellos.

Con un solo Cauto, Aspen ya estaba destrozado. Si sumaba a esa otra persona, Abel ni siquiera quería imaginarlo...

—Estaba tan mal que se desmayó hace rato. Le pedí a una enfermera que la cuide.

—Ella de verdad quiere a Gael. Ojalá despierte pronto, ojalá Diosito les dé chance de estar juntos.

No había terminado de hablar cuando un guardaespaldas apareció corriendo.

—Aspen, Carol y el doctor Nathan te buscan.

Aspen y Abel se miraron, entendiendo que algo había pasado con Gael, y bajaron rápido las escaleras.

En el pasillo afuera de terapia intensiva, el ambiente estaba tan tenso que pesaba.

Carol tenía los ojos hinchados de llorar y Nathan tenía el rostro serio, cargado de preocupación.

Aspen ya presentía lo peor. Frunció el ceño, sintiendo que le faltaba el aire.

Abel, jadeando, preguntó:

—¿Cómo está Gael?

Carol no dijo nada, solo se lanzó a los brazos de Aspen y lloró en silencio.

Nathan negó con la cabeza, sin poder decir una palabra.

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