Hospital Marlando, Unidad de Cuidados Intensivos.
Tania estaba sentada junto a la cama, limpiándole el rostro a Gael con una ternura infinita.
Ya se había tranquilizado.
Desde la noche anterior, parecía como si finalmente hubiera aceptado la realidad y, de pronto, se volvió muy callada.
No se apartó del cuarto en ningún momento; comía y dormía ahí, siempre al lado de Gael.
Cuando el cansancio la vencía, apoyaba la cabeza junto a él para echarse una siesta.
Cuando estaba despierta, le contaba cosas a Gael: las anécdotas más chuscas, sus metidas de pata del pasado, hasta sus sueños para el futuro.
A veces, hasta se le sonrojaban las mejillas cuando le confesaba lo mucho que lo quería.
Cuando se cansaba de hablar, simplemente se quedaba en silencio, sentada junto a la cama, mirando a Gael con una mezcla de cariño y tristeza.
Normalmente, los familiares no podían estar en la UCI.
Pero como Gael estaba en una habitación individual, sin molestar a otros pacientes, y gracias a las gestiones de Nathan con el hospital, le permitieron quedarse.
Afuera, detrás del cristal de la UCI, Rafael y Beatriz la miraban con el corazón hecho pedazos.
Sentían una mezcla de angustia y dolor. En el fondo, preferían verla llorar, aunque fuera un poco... eso les parecería más normal que ese silencio suyo.
Carol también estaba preocupada. Aprovechó el momento en que le cambiaban los medicamentos a Gael para acercarse a Tania.
—Tania, ¿estás bien? Tus papás están afuera, y están muy preocupados por ti —le dijo con suavidad.
Tania, sentada junto a la cama, miró un instante hacia el vidrio.
—Estoy bien, solo me siento mal por mis papás... No quería preocuparlos tanto —respondió.
—Carol, tú y Sami son lo máximo. Si algún día me pasa algo, prométanme que de vez en cuando acompañarán a mis papás, ¿sí? Aunque sea en Navidad o en sus cumpleaños, llámenlos, háblenles un rato.
Carol frunció el ceño, alarmada.
—Tania, no digas eso...
Todo dirigido a Gael, nada más y nada menos.
Abel y Aspen bajaron juntos para ver qué pasaba y, apenas Abel vio los arreglos, se le llenaron los ojos de rabia.
¡Gael aún no estaba muerto y ya le mandaban estos! ¡Eso era una maldición directa!
Y cuando vio las fotos de Redón, torturado años atrás, la sangre se le subió a la cabeza; apretó los puños, listo para ir a buscar a Gustavo y enfrentarlo a muerte.
Pero Aspen lo sujetó del brazo, ceño fruncido:
—¡No hagas locuras! ¡Tú solo no puedes contra él!
La policía llevaba años tras Gustavo, y en los últimos días no habían parado ni de día ni de noche, pero ni así lograban atraparlo. Si Abel iba solo, sería ir directo al matadero.
Por allá, en la zona fronteriza del triángulo, nadie era un santo, y Gustavo era el más escurridizo de todos.
Y lo peor: en la selva de Vivland, con ese terreno tan peligroso, cualquiera que entrara sin conocer bien el lugar estaba perdido… ¿cómo iban a encontrar, y menos atrapar, a Gustavo ahí?
Así que, aunque la rabia los quemaba por dentro, tenían que mantener la cabeza fría. No podían dejarse llevar por la desesperación.

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