Todo el departamento se quedó en silencio de golpe.
Ese silencio, apenas duró un instante. Luego vinieron la tristeza, la furia y la rabia.
Esos desgraciados no solo habían matado a su héroe, ahora también le habían arrebatado la vida a su hijo. ¡Era el colmo, una humillación imperdonable!
Transformaron el dolor en coraje, pidieron autorización para entrar en combate, se pusieron el equipo y, como leones enfurecidos, se lanzaron a la selva para la redada...
No solo en Vivland; en toda la zona del Triángulo Fronterizo, los grupos criminales quedaron desconcertados y asustados.
No sabían exactamente qué les pasaba a esos policías antinarcóticos, pero podían sentir su furia. Parecía que iban dispuestos a todo, sin importarles la vida.
Las demás bandas, al ver ese despliegue, prefirieron esconderse y observar desde lejos, sin hacerse notar.
Pero los narcos de Vivland no tenían dónde huir. Les tocó resistir y pelear de frente.
La rabia de los policías incendió la región durante dos días y sus dos noches.
En dos ofensivas seguidas, la familia Bomak terminó sufriendo pérdidas brutales.
Gustavo se mantuvo escondido, como una tortuga metida en su caparazón, y solo se atrevió a salir cuando los policías se retiraron.
En la casa Bomak ya sabían que todo el desastre había comenzado por culpa suya, así que lo recibieron con gritos y lo insultaron sin piedad.
Para desquitarse, no solo lo pusieron a limpiar el desastre, sino que, delante de todos, le sacaron un ojo con una navaja.
Gustavo ardía de rabia, pero no se atrevió a protestar. Solo cuando salió de la casa Bomak, se apoyó contra una pared y, aguantando el dolor, rugió a su hombre de confianza:
—¿Estás seguro? ¿De verdad toda esta masacre empezó por culpa del hijo de Redón?
Su mano derecha asintió una y otra vez.
—Sí, jefe. Ya lo tenemos confirmado. Halcón era el hijo de Redón, se llama Gael. Hace años, la familia Redón ocultó su existencia para protegerlo.
—Todo este tiempo, él estuvo trabajando como guardaespaldas de Aspen. Y no solo eso, hace años empezaron a meter gente en nuestras filas, esperando el momento para vengarse.
Gustavo frunció el ceño y apretó los dientes.

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