Él lloraba desconsolado mientras decía:
—No sé en qué me equivoqué, solo le pido a Dios que me dé una oportunidad, ¡que no permita que ella me deje solo!—
—No me atrevo a pedir que salga ilesa, solo quiero que sobreviva, aunque quede en coma, yo podría aceptarlo, ¡de verdad!—
—Pero no puedo aceptar que se vaya así, no puedo aceptar no volver a verla nunca más...—
—Yo... yo... no quiero que lo único que me quede de ella sean unas fotos...—
Todos los presentes tenían los ojos rojos de tanto contener el llanto.
Él, al arrodillarse así, hizo llorar a la señora Suero y al señor Suero, a los demás familiares de pacientes e incluso a los reporteros chismosos que se habían colado a escondidas.
Ese era el hospital privado de la familia de Nathan, y quienes podían atenderse ahí, pertenecían al mismo círculo social.
Todos conocían a Orion Hidalgo.
Y también habían escuchado sobre las desgracias recientes de la familia Hidalgo.
Algunos sentían compasión, otros disfrutaban el drama, y otros solo estaban esperando el desenlace.
Pero ese gesto de Orion, de arrodillarse y romperse en llanto frente a todos, tocó el corazón de cada uno.
Era Orion, el heredero más famoso de Puerto Rafe, el único que podía compararse con Aspen en prestigio y fortuna.
Si acaso se dice que uno nació en una cuna de oro, Orion nació en una mina de oro.
En este mundo, solo los ancestros o los padres podían lograr que Orion se arrodillara de verdad.
Pero hoy, lo hizo por una mujer.
Frente a todos, se arrodilló y lloró como nunca, sin poder contenerse.
Alguien grabó la escena a escondidas y la subió a internet.
Toda la red quedó en silencio.
Ese mismo Orion, el que antes era admirado y envidiado por todos, rodeado de mujeres hermosas, gastando sin medida, el típico hijo de millonario.
Ahora, tenía las rodillas en el suelo y la espalda encorvada.
Lloraba como un niño perdido.
Pero nadie se atrevió a burlarse de él.

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