—Lo sentimos mucho, de verdad, no podemos salvarlo. El niño es muy pequeño y su enfermedad es demasiado grave. No aguantaría ni una cirugía, cualquier intento podría acabar con él. Les recomendamos que se preparen y lo despidan en paz...—
Esa última chispa de esperanza se apagó por completo.
Más de treinta pediatras reconocidos ya lo habían intentado todo, pero no había nada que hacer. Era como si le hubieran dictado la sentencia de muerte al pequeño.
Olivia, llorando, preguntó:
—¿Cuánto tiempo más va a resistir?—
Y respondieron:
—No llegará a ver el amanecer de mañana...—
Todos se quedaron mudos.
Hernán había buscado hasta debajo de las piedras, intentó todo lo que se le ocurrió, pero ya no le quedaba fuerza. Se desplomó, como un globo desinflado, y se desmayó ahí mismo.
Todos, menos Samira, que no sabía lo que pasaba, sentían el corazón hecho añicos.
En cuanto Orion se enteró, bajó corriendo las escaleras, y, lleno de impotencia, empezó a golpear la pared fría con los puños y las piernas. Así estuvo más de media hora.
Las manos y los pies le sangraban, pero ese dolor no era nada comparado con el que sentía en el pecho.
Se fue a un rincón solitario y lloró a gritos, hasta que ya no le quedaron lágrimas y pudo volver a la habitación, dispuesto a seguir acompañando a Samira.
En la madrugada, Samira despertó de pronto.
Estaba muy distinta a otros días. No lloraba ni hacía berrinches. Miraba el techo en silencio, como si estuviera lejos de todo.
Orion se sentó a su lado y le preguntó en voz baja, con mucho cuidado:
—¿Por qué despertaste tan de repente? ¿Soñaste algo?—
Samira giró la cabeza, lo miró y de pronto le dijo:
—Le puse un nombre al bebé.—
Orion se quedó helado y, con la voz quebrada, preguntó:
—¿Qué nombre?—
Samira respondió:
—Hernán.—
Orion murmuró:
—Igual que mi papá...—
Samira le sonrió suavemente y le contó:
—Soñé con un cielo lleno de estrellas, y también con un campo enorme, muy verde.—

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