A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, llegó la peor noticia: ¡Nano estaba en estado crítico!
Carol y varios especialistas extranjeros corrían de un lado a otro, haciendo todo lo posible para salvarlo. Nano, más débil que nunca, tenía sus signos vitales por los suelos. Las alarmas de todos los monitores a su alrededor sonaban sin parar; su corazón, hígado, pulmones, riñones… todo estaba al límite.
En la planta baja, Samira parecía presentir algo. No podía quedarse quieta, lloraba sin parar, decía que se sentía fatal y hasta empezó a golpearse a sí misma. Orion intentó detenerla para que no se hiciera daño, pero ella gritaba, llorando como si estuviera perdiendo la razón. Por seguridad, Nathan no tuvo más remedio que ponerle una inyección para calmarla y hacerla dormir a la fuerza.
En la sala de cuidados intensivos pediátricos, todo era un caos. Los enfermeros y médicos iban y venían, cada vez más desesperados. Afuera, además de Samira, estaban las familias Hidalgo y Suero, y también Aspen.
Olivia y la señora Suero lloraban y rezaban, implorando al cielo, a Dios y a la Virgen María que protegieran a Nano. Joaquín llegó al hospital con los niños, directo a la sala de espera.
Ese día era sábado, así que los chicos no tenían que ir a la escuela.
Tesoro se despertó desde temprano, llena de energía, ni siquiera quiso desayunar; solo apuraba a Joaquín para que la llevara al hospital. Decía que ya sabía qué era lo que necesitaba Nano, que por fin lo había recordado y tenía que encontrar a Carol y a su hermanito cuanto antes.
Joaquín no entendía bien lo que pasaba ni qué quería decir la niña, pero igual los llevó sin hacer preguntas.
Al ver la situación desde el otro lado del vidrio, Joaquín frunció el ceño.
—¿Está tan grave el niño? —preguntó en voz baja.
Aspen asintió, también preocupado.
—¿Y ni siquiera con todos los médicos que ha traído la familia Hidalgo pueden hacer algo? —insistió Joaquín.
Aspen negó con la cabeza, resignado.
Del otro lado del cristal, Laín, Ledo, Luca y Miro miraban a Nano con angustia, pegados al vidrio y con el ceño fruncido.
En ese ir y venir de enfermeros, Tesoro aprovechó y entró. Una enfermera la vio y trató de sacarla, pero Tesoro corrió directo al lado de Carol, se aferró a su bata y se escondió detrás de ella, mirando a la enfermera con miedo.

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