Gael siempre había sido un tipo frío y tranquilo, casi nunca se le veía descolocado de esa manera.
Aspen soltó un suspiro, se acercó al sofá y se sentó con desgano.
Encendió un cigarro y se quedó fumando en silencio.
Gael se quedó parado junto a la ventana, mirando fijamente hacia afuera sin decir palabra.
Aspen dio unas caladas antes de levantar la vista hacia Gael.
—Ya deja de hacerte el interesante, hombre. Ella ya se fue, ven aquí, vamos a platicar —le dijo con tono firme.
Gael frunció el ceño, dudó un momento, pero al final obedeció y fue a sentarse frente a él, con el rostro sombrío.
Aspen lo miró tranquilo.
—¿Y bien? ¿Qué sentiste al ver a Tania empapada bajo la lluvia por tu culpa?
Gael no respondió, sólo guardó silencio.
Aspen insistió:
—Si sigues sin abrir la boca, te juro que te amarro y te llevo directo con Tania.
Gael puso cara de pocos amigos, movió apenas los labios y gruñó:
—No sentí nada.
Aspen lo miró de reojo, no le compró el cuento.
—¿Ni siquiera conmigo vas a ser honesto? ¿De verdad no sentiste nada?
Gael se removió incómodo en el asiento.
—Sé que Abel estaba al lado, seguro iba a pedir que se la llevaran. No iba a pasarle nada.
Aspen no soltó el tema.
—No te pregunté si estaba en peligro. Te pregunté cómo te sentiste al verla ahí, mojándose.
Gael frunció aún más el ceño y volvió a quedarse callado.
Aspen lo observó con paciencia, casi como un hermano mayor.
—Gael, llevamos veinte años en esto juntos. Te conozco tanto como tú a mí.
—Tú sientes algo por Tania, y bien lo sabes.
Gael apretó la mandíbula, siguió sin decir nada.
Aspen volvió a hablar, esta vez más serio.
—Ahora que Gustavo está muerto, ya te vengaste, y no tienes que preocuparte de que los socios de Gustavo vengan tras de ti si se enteran quién eres.
—Sí, tu vida sigue siendo peligrosa, pero eso no es excusa para rechazar a Tania.
—Si de peligros hablamos, los que quieren matarme a mí son más, y aun así estoy con Carol. ¿Por qué? Porque sé que puedo protegerla.
—Tú también puedes proteger a Tania.

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