¿En qué momento empezó a gustarle ella?
Gael no lo sabía.
Quizá fue desde que empezó a sospechar que Tania tenía algo que ver con el hombre misterioso y empezó a seguirla...
Durante ese tiempo, toda su atención estuvo puesta en ella.
Seguía cada uno de sus movimientos, no le quitaba el ojo de encima, día y noche.
Investigó su vida a fondo: de dónde venía, quiénes la rodeaban, qué le gustaba, cómo había crecido.
Al principio, la veía tan ingenua que le daba risa, después su dulzura le fue contagiando, y al final, su bondad lo conmovía.
Lo último fue su amor, ese amor tan loco y tan terco, el que terminó por derretirle el corazón.
Tania era la chica en la que más se había fijado en toda su vida, y la única que se atrevía a buscarlo de frente.
Las demás, al verlo, se asustaban o simplemente se alejaban.
Pero Tania, quién sabe si por despistada, o porque de plano se había enamorado hasta los huesos, no tenía miedo. Al contrario, se lanzaba sobre él como si nada, con esa cara de ilusión que solo ella podía poner.
¿Cómo iba a corresponderle? ¡No podía!
Tania merecía estar con alguien como Sebastián.
Alguien alegre, lleno de luz, el tipo de persona que cae bien a todos y que hasta los gatos de la calle buscan para que los acaricie.
No como él, que solo encontraba refugio en la oscuridad.
Todo el mundo lo evitaba, hasta los animales parecían temerle.
Tania no sería feliz a su lado.
Si ni él mismo sabía cómo ser feliz, ¿cómo iba a hacerla feliz a ella?
Y además, amar era demasiado peligroso.
Desde que sintió algo por ella, supo que tendría que guardar ese amor bien escondido en el fondo de su corazón.
Ella lo buscaba, y él, aunque quería, se obligaba a rechazarla.
Jamás pensó que Tania sería tan terca.
Por más veces que él la trató con frialdad, por más veces que la lastimó, ella nunca se rindió.
¿Le molestaba que ella insistiera tanto? Para nada.
Jamás le fastidió su cariño. Si acaso, lo único que le molestaba era a sí mismo.
Él se conocía bien: callado, torpe para las palabras, incapaz de hacer sonreír a nadie, y nada sociable.
Hasta prefería la noche antes que el sol.
¿Cómo iba Tania, tan llena de luz, a vivir entre sombras?
Ella necesitaba estar con alguien que la hiciera brillar aún más.
Pero…
Él también era humano, también sentía, también se dejaba llevar por el cuerpo.
Cuando Tania lo besó, no pudo evitarlo: el corazón se le aceleró.
Aunque fue su primer beso, aunque no tenía experiencia, su cuerpo reaccionó y las ganas de abrazarla y devolverle el beso con toda su pasión casi lo vencen.
Pero no se atrevió.
No podía amarla, no se lo merecía.
Apenas llegó a casa, Gael se metió directo al baño.
Se quitó la ropa y abrió la regadera, dejando que el agua helada corriera sobre él.
Cerró los ojos y dejó que el frío le calmara el alma, tratando de ahogar el desasosiego y el amor que no se atrevía a confesar.

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