¿Cuándo empezó a amar?
Entre Carol y el señor Bello, todo era claro, había señales.
Entre Sami y Orión, también había pistas.
Pero entre ella y Gael, parecía que no había ni una sola huella, nada que delatara cuándo empezó todo. Simplemente, de repente, amaba, así, sin avisar, sin lógica.
Si tenía que buscarle una razón a ese amor, probablemente sería que, desde el principio, le había llamado la atención lo guapo que era.
Desde niña, Tania siempre había tenido debilidad por los chicos guapos.
Desde la secundaria, pasando por la prepa y la universidad, apenas veía al típico galán de la escuela y se le iluminaban los ojos.
Durante sus años de estudiante, ni ella misma sabía cuántas veces había soñado con que un chavo guapísimo se enamorara de ella…
La primera vez que vio a Gael, quedó completamente hipnotizada por su atractivo.
Un metro ochenta y ocho de estatura, piernas largas, cintura delgada, ¡una figura de infarto!
Tenía el rostro de un chico joven, casi de niño, pero con una vibra de hombre fuerte que no se podía disimular.
Lo de Tania con Gael fue, sin duda, un flechazo.
Después de todo, siempre había sido una romántica empedernida… ¡y un poco superficial, para qué negarlo!
Pero, ¿por qué Gael la había elegido a ella?
Si Gael no hubiera aparecido esa noche, Tania jamás habría creído lo que Carol le dijo. Habría pensado que sólo quería animarla, que lo decía para que se sintiera mejor.
Después de todo, ella se consideraba una chica común y corriente.
Estaba convencida de que, si no era en diez años, no tenía ni la más mínima posibilidad de conquistar a alguien como él.
Y, sin embargo…
Tania sonrió para sí, apretando los labios. Gael lo notó y la miró, frunciendo el ceño, confundido.
El corazón de Tania latía desbocado.
Sin pensarlo mucho, le quitó el cubrebocas y lo besó.
Gael se quedó de piedra, con el corazón a mil.
Por un momento, no supo qué hacer. ¿La apartaba? ¿Se quedaba quieto?
Ni siquiera le dio tiempo de decidir. Apenas un segundo después, Tania ya se había separado, como si el atrevimiento le hubiera dado pena de golpe.
Bajó la mirada, sin atreverse a verlo a la cara.

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