Al ver la palabra “hermano”, a Orion se le hizo un nudo en la garganta y sintió un cosquilleo en el pecho.
No podía evitar imaginar a Samira bajo él, susurrándole “hermano” una y otra vez.
No es que tuviera una obsesión rara con esa palabra, sino que todo tenía que ver con la personalidad de Samira.
Ella era una diosa inalcanzable, una mujer segura y fría, una verdadera reina.
Para ella, la mayoría de los hombres seguramente eran como niños. Pero él no quería ser uno más del montón; él quería ser distinto, convertirse en ese “hermano” especial, amarla, conquistarla y protegerla…
Dentro de la mansión, esa mañana, Samira terminó de desayunar y, siguiendo el consejo de Orion, fue a hablar con la señora Suero y con Olivia sobre el asunto de Tania.
Les explicó lo que pasaba y les pidió permiso para ir al hospital a verla.
La señora Suero trató de disuadirla:
—¿Y si mejor hablas con Tania por videollamada? Yo creo que deberías quedarte en casa y terminar tus tres meses de reposo después del parto.
Olivia asintió, apoyando la idea.
Samira suspiró resignada; sabía que ambas iban a ponerse tercas.
Así eran la mayoría de las mamás: te aman de verdad, pero a veces ese amor puede ser un poco agobiante.
Aunque el doctor ya había dicho que estaba bien, ellas dos seguían preocupadas por su salud.
En ese momento, Hernán y el señor Suero entraron y empezaron a hablar uno tras otro:
—La doctora Carol y el doctor Nathan dijeron que Samira ya puede salir, que el reposo se acabó hace rato. Déjenla salir un rato, le va a hacer bien despejarse.
—Su mejor amiga pasó por algo difícil, verla en persona la va a tranquilizar.
Olivia iba a protestar, pero Hernán la interrumpió:
—Tranquila, ya pasaron más de dos meses, Sami está recuperada y no va a pasar nada malo. Cualquier cosa yo me hago responsable.
El señor Suero apoyó:
—Eso, nosotros nos encargamos.
Samira sonrió de inmediato:
—¡Gracias, señor Hidalgo, gracias papá!
Ambos padres la miraron con ternura y le dijeron entre risas:
—Anda, ve a cambiarte, sal a tomar aire. No te preocupes por Nano, aquí lo cuidamos nosotros.
—¡Sí!—respondió Samira, feliz, y se fue a su cuarto a cambiarse.

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