¡El enemigo estaba a punto de moverse!
Al ver que Carol y Tania dudaban, Laín comentó adrede:
—Mamá, ¿por qué no bajas con la madrina Tania? Nosotros nos quedamos aquí y jugamos con el bebé.
Ledo, que ya sabía que la nana Carla era la traidora, no tardó en apurarla también:
—Anda, mamá, tranquila, aquí estamos nosotros.
Carol confiaba en el buen ojo de Laín y en que Ledo era ágil y fuerte; si ellos cuidaban de sus hermanos, difícilmente pasaría algo malo.
Así que, tras darles unas breves indicaciones, Carol se fue junto a Samira y las demás.
Apenas todos bajaron, la nana Carla se acercó nerviosa a la ventana y llamó por teléfono.
Habló en voz baja, pero aunque Laín no alcanzó a oírla, pudo leerle los labios:
—Ya bajaron todos, en la casa solo quedan los niños. Vengan rápido.
Laín entrecerró los ojos. Estaba seguro: el pez ya picó el anzuelo.
En pocos minutos, dos empleados entraron con bandejas de fruta y pastelitos.
Laín y Ledo se miraron de reojo; con un solo vistazo supieron que esos dos no eran simples empleados, sino tipos entrenados, de los que se notan por cómo caminan y hasta cómo respiran.
Ledo miró a Laín, quien le hizo una seña para que no hiciera nada aún.
La nana Carla, al ver entrar a los empleados, se fue directo a la cuna y llamó a los niños para que comieran pastelito.
Tesoro, la más golosa, corrió dando saltitos.
Ledo se quedó junto a la cuna, mientras Laín y Luca acompañaron a Tesoro.
Al ver tantos pastelitos deliciosos, a Tesoro se le iluminaron los ojos.
—¡Guau! —exclamó, y tomó uno directo a la boca. Pero antes de morderlo, se detuvo en seco.
—¿Eh? —dijo intrigada, y acercó el pastelito a la nariz.
—¿Por qué le pusieron pastillas para dormir al pastel? —preguntó de pronto.

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