En la habitación del hospital,
Tania colgó el teléfono y miró a Gael.
—Ven acá —le pidió.
Gael, obediente, con esas piernas largas que parecían no caber en el mundo, fue hasta la cama.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Dame la mano —dijo Tania.
Gael dudó apenas un instante antes de estirar la mano. Tenía unas manos de dedos largos y finos, de esas que parecen hechas para tocar el piano, si hubiera nacido en una familia de músicos o de escritores.
Tania tomó su mano, la apretó entre las suyas y entrelazó sus dedos con los de él.
A Gael el corazón se le disparó.
Tania sonrió, sacó su celular y, sin soltarlo, tomó una foto de sus manos juntas.
—Quiero presumirle al mundo en mis redes, ¿te molesta? —le preguntó, traviesa.
Gael la miró sin entender bien.
—¿Presumir qué?
Tania se rió.
—Presumir que ya no estoy soltera, que logré enamorar a mi crush. Mira nomás a mi novio, tan guapo, ¿cómo no voy a presumirlo? Sería un desperdicio no hacerlo.
A Gael le costaba seguirle el ritmo a su entusiasmo, pero asintió, dejándola ser.
Al verla tan contenta, se animó a preguntar:
—¿Quieres que yo también publique algo?
Tania se sorprendió.
—¿Tú quieres?
Gael lo dijo serio, mirándola a los ojos:
—Si a ti te hace feliz, yo quiero.
Tania sonrió aún más, sintiendo el pecho repleto de alegría.
—Por supuesto que quiero. Hagámoslo juntos, anunciémoslo a todos.
Gael preguntó con sencillez:
—¿Cómo lo hacemos?
—Publicamos la misma foto. El texto, cada quien lo pone a su manera —le explicó, divertida.
Le mandó la foto que acababa de tomar y enseguida se puso a escribir su mensaje para las redes. Había esperado tanto este momento, que hasta la declaración la tenía ensayada, palabra por palabra, desde hacía tiempo.

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