Sebastián sintió un nudo en el pecho y frunció el ceño.
Gael también sintió el corazón apretado y, al igual que Sebastián, frunció el ceño.
De pronto, se miraron a los ojos. Sebastián tenía la mirada llena de culpa, mientras que la de Gael era pura hostilidad.
No importaba lo que hubiera pasado ese día, para Gael estaba claro: fueron los familiares de Sebastián quienes lastimaron a Rafael y Beatriz, ¡y por su culpa Tania terminó llorando!
—Lo siento mucho —dijo Sebastián, mirando a Gael.
Pero Gael, con cara seria, ni siquiera le respondió.
De repente, Sebastián se dejó caer de rodillas con un golpe seco.
—Rafael, Beatriz, de verdad lo siento —se disculpó.
Rafael y Beatriz se quedaron en shock. Secándose las lágrimas, se apresuraron a levantarlo.
—¡Ay, hijo, si esto no fue tu culpa! ¿Por qué te disculpas? Anda, levántate ya —dijo Rafael, apurado.
Sebastián, sin moverse del suelo, insistió:
—Todo esto empezó por mí. Tengo que hacerme responsable.
Rafael suspiró.
—Anda, párate, que no te estamos culpando.
Beatriz también intervino:
—Si hay alguien a quien culpar, es a tus tíos que se dejaron llevar y armaron este lío sin saber bien lo que pasaba. Pero ellos son ellos, y tú eres tú. Haznos caso, levántate de una vez.
Aún no habían logrado levantar a Sebastián cuando entraron los papás de él al cuarto.
Nada más llegar, empezaron a pedir disculpas también.
Rafael y Beatriz, con toda la confianza de años de amistad, les respondieron enseguida:
—Por favor, ¿cuántos años nos conocemos ya? Sabemos que ustedes no tienen nada que ver, así que mejor ayuden a que Sebastián se levante.
Las dos familias empezaron a hablar todas a la vez, cada quien tratando de calmar a los demás.
Mientras tanto, Gael fue hacia donde estaba Tania.
Quería decirle algo para consolarla, pero no encontraba las palabras. Se quedó un rato dudando, hasta que apenas pudo decir dos palabras:

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