—Tania...—
Sebastián tenía el ceño fruncido y la miraba con una inquietud que no podía disimular.
Tania, con la cabeza agachada, cubriéndose el rostro con las manos, lloró en silencio un buen rato. Cuando por fin pudo calmarse un poco, respiró hondo, se limpió las lágrimas y alzó la mirada.
—Ya sé lo que pasó entre tú y Betta. Hoy vengo en nombre de ella —dijo con voz temblorosa.
A Sebastián se le cortó la respiración.
Aunque ya lo había sospechado desde antes, escuchar a Tania decirlo con tanta claridad lo dejó completamente descolocado.
¡Eso era lo último que quería que Tania supiera!
—Tania, yo...
Pero Tania lo interrumpió, con la voz entrecortada por el llanto:
—¡Ya sé que no lo hiciste a propósito! Carol me lo contó todo. Alguien te puso algo en la bebida, ¿verdad?
—Escúchame bien, Sebastián, no importa lo que Betta decida hacer con todo esto, tú no puedes perder la cabeza. Tienes que decir siempre la verdad. Si no fue tu culpa, pues no fue tu culpa. No te andes con mentiras.
—Y tampoco escondas nada. Si sabes quién fue el que te puso eso, tienes que decirlo. No le tengas miedo a esa persona.
—Mis papás y los señores Cervantes siempre han dicho que el que nada debe, nada teme. Al final, la justicia siempre sale a la luz.
—Además, aunque te hayan drogado, sí le hiciste daño a Betta. Tienes que hacerte responsable. Cuando ella se sienta mejor, si te pide algo, tienes que tratar de cumplirlo.
—Pero tampoco te castigues de más. No te encierres en tu culpa, no eres mala persona, tú también fuiste víctima.
Tania soltó todo de corrido, y Sebastián se quedó viéndola, sorprendido, sin saber qué decir.
Frunció el ceño y la miró de frente.
—¿Tú... tú de verdad crees que no fue mi culpa?
—¡Por supuesto que te creo! —respondió ella, como si la pregunta le pareciera absurda.
—¿Confías en mí?
Tania puso los ojos en blanco, con una sonrisa cansada.

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