La nuez de Adán de Gael se movió levemente. Tragó saliva, intentando dominar el deseo que le quemaba por dentro. Le acarició la cabeza a Tania con ternura.
—Anda, ve —le dijo en voz baja.
Tania subió al ascensor todavía con el corazón a mil, como si un pequeño ciervo hubiera estado brincando dentro de su pecho. Solo cuando llegó a la puerta del departamento de Betta, logró calmarse un poco.
Apenas abrió la puerta, Samira la recibió de inmediato:
—Orion ya se enteró de todo. ¿Gael te lo contó?
Tania asintió.
—Sí, justo ahora me lo dijo.
Samira suspiró con una mezcla de asombro y admiración.
—De verdad que Gael te quiere mucho. No cualquiera baja la cabeza así, y menos para pedirle el favor a Orion por Sebastián. ¡Si Sebastián es su rival en el amor!
—Y mira que Orion dice que Gael es bien terco, que jamás en la vida se le había visto pedirle nada a nadie.
Tania la miró sorprendida.
—¿Gael fue a pedirle el favor?
—Sí, fue a ver a Orion y le pidió que le echara una mano, que no se metiera con Sebastián. ¿No te contó?
Tania se quedó un rato en silencio, un poco aturdida.
—No... solo me dijo que Orion ya lo sabía y que, al menos por ahora, no iban a hacerle nada a Sebastián. Jamás mencionó que él había ido a pedirle el favor.
Samira sonrió con complicidad.
—¡Gael es un buen hombre, Tania! De los que ya no hay.
Tania sintió un nudo de emoción y también de culpa. Gael había hecho eso por ella… ¡por ella! Se prometió en silencio que, el resto de su vida, lo iba a querer de verdad, como se merecía.
En eso, Carol salió del cuarto de Betta. Tania y Samira se acercaron enseguida.
—¿Ya despertó Betta? —preguntaron al unísono.
Carol negó con la cabeza.
—Todavía no. Yo creo que le faltan como dos horas de sueño.
Samira suspiró.
—Pues que duerma, así al menos no siente feo.
...

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