A las cuatro de la tarde, Betta despertó. Apenas abrió los ojos, rompió en llanto.
Carol y Samira se acercaron enseguida para calmarla, le hablaron suavecito y, cuando lograron tranquilizarla un poco, la convencieron de que tomara un poco de arroz con leche.
Cuando Betta por fin logró serenarse, Tania se sentó a su lado para hablar con ella.
—Betta, de verdad siento mucho todo esto. Yo sé que no quieres ver a Sebastián, así que no dejé que viniera. Pero vine en su nombre a decirte que lo siente mucho —le dijo Tania con voz apacible—. Sé que un simple “perdón” no alcanza para reparar lo que pasó. Si tienes algo que decir o pedir, dímelo. Yo se lo haré saber.
Apenas escuchó el nombre de Sebastián, Betta volvió a llorar.
Carol le alcanzó un pañuelo desechable y le secó las lágrimas con cariño.
—Mira, Betta, ya pasó lo que pasó. No podemos seguir evitándolo. Tarde o temprano hay que enfrentarlo. Tú eres la víctima aquí, tienes derecho a decir lo que pienses y pedir lo que quieras —le animó Carol.
Tania asintió y agregó:
—Sebastián está muy arrepentido. Sabe que te falló y quiere hacer lo que tú decidas.
—Si quieres arreglar esto en privado, así será. Si prefieres que la gente lo sepa, también está bien. Incluso, si quieres que pague con su vida, él dice que está dispuesto a asumir lo que sea.
Betta no contestó. Lloró un buen rato más, hasta que por fin pudo respirar hondo y, con los ojos aún hinchados, miró a Tania.
—Señorita Tania, ¿de verdad no te gusta el profesor Cervantes? —preguntó, con la voz temblorosa.
La pregunta tomó por sorpresa a Tania. No se esperaba eso para nada.
Tardó unos segundos en contestar:
—De verdad que no me gusta. Con Sebastián somos familia, no pareja. A mí quien me gusta es Gael.
—¿Y si Gael no existiera?
—Igual no estaría con Sebastián. No es por Gael que no me gusta. Simplemente lo veo como a un hermano, como de la familia. No hay amor de ese tipo entre nosotros.
Betta volvió a secarse la nariz, todavía nerviosa.

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