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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2346

Cuando llegaron al edificio de Sebastián, Tania no se apresuró a bajar del coche.

Tomó la iniciativa de tomar la mano de Gael entre las suyas, mirándolo muy seria, con una intensidad que pocas veces mostraba.

—Gael, te lo juro, el resto de mi vida te voy a amar como nadie. Yo, Tania, en esta vida sólo amo a un hombre, y ese eres tú, Gael.

Todo lo que Gael había hecho por ella, incluso ir a buscar a Orion, la conmovía profundamente.

¿A Gael le importaba Sebastián? Por supuesto que no.

A quien de verdad le importaba era a ella.

Un hombre capaz de hacer todo eso sólo por ella… de verdad sentía que era una bendición tenerlo en su vida.

Amarlo una vida entera no le iba a alcanzar.

Si pudiera, lo amaría en esta vida, en la siguiente y en la que siguiera.

Gael todavía no sabía lo que Samira le había contado a ella, así que la miró curioso.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Tania sonrió.

—Nada, sólo quería decírtelo.

Gael se quedó callado unos segundos.

—Pues dímelo más, me encanta escucharte.

Tania volvió a sonreír.

—No te vayas, quédate aquí abajo esperándome. En cuanto termine de hablar con Sebastián, regreso y seguimos platicando.

Gael asintió, como un niño obediente.

—Sí, aquí te espero.

Tania se acercó y le dio un beso rápido, luego abrió la puerta y bajó para ir a buscar a Sebastián.

Arriba, Sebastián estaba tirado en el sofá, mirando al techo, completamente perdido en sus pensamientos.

Él no tomaba, no fumaba; cuando se sentía abrumado simplemente se quedaba solo.

El timbre llevaba rato sonando y él ni cuenta se había dado. No fue hasta que el celular comenzó a vibrar que volvió en sí.

Vio que era Tania y, tratando de calmarse, contestó.

—¿Bueno?

—Llevo rato tocando el timbre, ¿no me oíste? Si no contestas, te juro que llamo a la policía, pensé que te había pasado algo —le soltó Tania, preocupada, con la voz apurada.

Sebastián reaccionó tarde.

—¿Tocaste el timbre?

—¿Pues qué estabas haciendo? —suspiró Tania, cansada.

—Nada, aquí.

—Bueno... ábreme la puerta, estoy aquí afuera, en tu casa.

Sebastián se sorprendió.

—¿Viniste?

—¡Sí! Pero primero déjame entrar, anda.

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